El 20 de septiembre de 1963, el alto empresariado financiero, importador y exportador, sector terrateniente y el liderazgo del clero católico, reenviaron al mando militar la señal decisiva de ejecutar el golpe de Estado contra el gobierno de Juan Bosch. En esa fecha se convocó a una huelga general de dos días y al quinto se produjo la asonada que cercenó el primer experimento democrático tras 32 años de dictadura.
Por 47 años, golpistas e historiadores han intentado mercadear la burda tesis de que Juan Bosch deseaba que lo tumbaran o de que no se llevó de consejo para que no lo tumbaran o que sabía que lo iban a tumbar y nada hizo. Es un manto de ignominia con el que se intenta cubrir un acto político y militar deleznable y antihistórico que causó mucha sangre y sufrimiento y prolongó la situación de represión, atraso y miseria.
A Juan Bosch lo tumbaron porque no renunció a sus principios de demócrata autentico; porque rehusó someter su gobierno a los intereses de un forjado frente oligárquico que en las elecciones anteriores apostó a Unión Cívica, la opción electoral que significaba simplemente un cambio de látigo. A Juan Bosch lo tumbaron porque propició un régimen de libertades plenas, porque no apadrinó privilegios, porque no robó ni mató.
Los historiadores que insisten, sabe Dios por cuales razones, en culpar a Bosch por la desgracia o tragedia deberían ubicar ese suceso en su real contexto histórico.
A Bosch le tocó gobernar a un pueblo, descalzo y hambriento, con gran atraso político, al que por más de tres décadas se le inculcó que el nuevo gobierno estaba infectado de comunistas o barbudos, que no creen en Dios ni en la familia.
En tales circunstancias matizadas una situación de atraso global y de concentración de las actividades económicas en una oligarquía neotrujillista, ese golpe de Estado se hubiese producido, aunque en vez de Bosch, el presidente fuera Mahatma Gandhi o Patricio Lubumba.
Insisto en decir que a Juan Bosch lo tumbaron porque rehusó arrodillarse ante una oligarquía cuasi esclavista y un poder imperial que aspiraba a que el Presidente colocara sobre la nación el letrero de se vende que ni Trujillo se atrevió a poner; Todo lo demás es como pretender ensuciar con estiércol a un diamante de la historia nacional.
No hay forma de ocultar, ni aun con toda la tinta derramada por renombrados historiadores, que el Golpe de Estado del 25 de septiembre de 1963, dio paso a un régimen de corrupción y criminalidad.
Vale la pena recordar hoy las palabras de Juan Bosch al consumarse el golpe de Estado: Creemos en la libertad, en la dignidad y en el derecho del pueblo dominicano a vivir y desarrollar su democracia con libertades humanas pero también con justicia social.

