El decreto presidencial, a propósito del caso Bahía de las Águilas, denotó, por cualquiera de las aristas que se analice, una de dos cosas: Precipitación, que pudo ser espontánea o inducida y, en consecuencia, carente de visualización de las previsibles reacciones que iba a generar.
La otra, que se trató de un trago amargo que debió apurar el presidente como resultado de la correlación de fuerzas con la cual debe lidiar a lo interno de su gobierno y que, hasta ahora, ha manejado con destreza. Una u otra, no ocurren en vano, dejan rastros, huellas, pasan factura.
No es concebible que se le escapara el costo político que tal actitud podía generarle. Pudo haber sucedido que haya apostado a la reacción que pudiese desatar tan evidente yerro para dotarse, con respaldo ciudadano, de legitimidad frente a sus adversarios y, de esa forma, revertir la medida, capitalizarla políticamente e incrementar su capital social. Quien entienda el ejercicio del poder como la posibilidad de hacer lo que a cada gobernante le parezca, está equivocado y olvida que el más consolidado de los poderes, está condicionado por limitantes que reducen sus capacidades.
Para entender los intereses que estuvieron presionando para que se llevara a cabo la burda negociación con terrenos propiedad del Estado, bastaría leer el editorial de un importante periódico al día siguiente de que se anunciara la reversión de la iniquidad.
De ser las cosas como las visualizo, doy por sentado que ante un error inexcusable como fue la firma del decreto otorgando poder para una negociación improcedente, lo que lo explica es ese casi irresistible fuego cruzado en el cual debe moverse el presidente, sobre todo mientras no disponga de un mejor posicionamiento en el control de esos elementos en ocasiones invisibles, pero de tanta incidencia en los manejos inescrutables del poder.
El presidente ha salido airoso de un expediente que pudo mermar sensiblemente su ascendiente. Su victoria, no obstante, es más interna que externa porque con ella logra un avance significativo sobre quienes no parecen estar del todo alineados con las que puedan ser sus líneas maestras como estadista.
Eso tiene una repercusión extraordinaria en sus proyectos y para la nación, porque contribuye a liberarlo de trabas que refrenan su accionar. Ojalá que esto le sirva para comprender que si la razón le asiste, podrá siempre contar con el respaldo de su pueblo. El mejor antídoto contra susurros indecorosos.

