Opinión

Adiós Elena Paredes

Adiós Elena Paredes

Bajos de Haina es también tierra de mis amores, recuerdos imperecederos de la exquisitez de aquella muchacha hermosa de ojos color café, y la cimiente de tantas amistades y familiares buenos y nobles, rememoran en mi alma la honra en ser declarado, entre tantos, hijo meritorios y distinguido de allí por el honorable ayuntamiento en una de las ejecutorias de mi queridísimo hermano espiritual ingeniero Juan Quiñones García.

Y hoy quiero rendir tributo de admiración y cariño y recordación a Elena Paredes, madre amantísima del destacado intelectual, doctor Maguá Moquete paredes, cultor de la identidad  y la buena voluntad.

Doña Elena partió a las regiones eternas el 14 de septiembre del pasado año, no pudiendo asistir a su sepelio por encontrarme delicado de salud, aunque moral y sentimental estuve junto a Maguá y distinguidos familiares, así se lo expresé vía telefónica y luego personal.

A doña Elena  la conocí en el ingenio Caei, Yaguate en el 1963, y siempre fue una mujer de estirpe y loables condiciones morales, destacándose sus ingentes esfuerzo por la protección, cuidado y crianza de sus proles, a quienes supo elevar bajo el fragor de trabajo enaltecedor, integridad y sacrificio, nortes en el deletrear de sus años, así su identidad suprema en el entorno de sus hermanos Carmela y Josefa Paredes.

Residiendo en el glorioso municipio de Bajos de Haina, la veía ganándose el cariño, respeto y simpatía de este conglomerado social, por su principalía y su entrega de sus hijos, especialmente a Maguá, quien puede recordar la frase de Abraham Lincoln: “Todo lo que soy o espero ser se lo debo a la integridad social de mi madre”.

Así testifica el doctor Maguá en una carta, en cuyos párrafos proclama la exaltitud de un verdadero hijo que me hicieron brotar lágrimas, y de ella dice: “el 14 te fuiste cristianamente, me quedé solo, éramos más que en dual, dueto o dóo. ¡Mamá! que honda pena siento, años y años que vivimos juntos, nuestros cinco sentidos estaban unidos, Mamá, al llegar a casa no podré ver a una distancia tu rostro al estar en la esquina de la galería, ¡oh Dios, mi mamá está en tu presencia! De diáfana convención a la fe evangélica, no recibiré y no escucharé tu santa bendición al salir de la casa. Madre mía, que  confundido estoy mamá, memorizo con fervor tus quehaceres domésticos y el trabajo de la bandera  por poco tiempo para mantener el hogar de mis estudios”.

Oh Dios, mi mamá partió sin decirme su última palabra. Me acerqué a ella, pero no le salieron las palabras, mamá venerable y querida, recuerdo el desayuno de sopa que te di esa mañana del 14 de septiembre a las 9:30.

Las sublimes expresiones de Maguá a la autora de sus días, son una oración, signo de amor y dolor, gemidos infinitos, evocando al Cielo ante la ausencia indefinida de quien le ofreció luz, calor para luchar y convertirse en brillante profesional.

La existencia de doña Elena Paredes puede sintetizarse en el amor, la fe, esperanza, consagración,  cual dogma que debían llevar  las presentes y futuras generaciones de Haina, Yaguate, San Cristóbal y la República Dominicana.  Adiós, Elena del alma, monumento de la dignidad. Reposa en paz.

El Nacional

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