Es vital la necesidad de salir a compartir. Siempre ha sido así. La vida rural nos dispensa esta dicha sin reparo. Libertad que la ciudad reduce, en la medida en que crecen, por las limitaciones de espacio, el individualismo y la falta de seguridad.
El derecho de ciudad, de que habla Cortázar en Rayuela, debe ser un tema a tratar con detenimiento y seriedad, ahora que las grandes urbes compiten para crecer de manera vertical. Como si la meta fuera llegar al cielo, cada quien por su lado. Aislados, entre nubes de algodón.
Iniciamos este nuevo milenio con la mitad de la población viviendo en ciudades. Según las previsiones, en el 2050 la tasa de urbanización en el mundo llegará a 65%. Las ciudades son, potencialmente, territorios con gran riqueza y diversidad económica, ambiental, política y cultural.
Para recobrar la libertad prodigada por el campo, las medianas y grandes ciudades han de crear espacios emulando la vida sana, sencilla y alegre. La conversación amena y el cálido abrazo dejan corta las telecomunicaciones con sus amansadas y costosas tecnologías.
Los griegos contaban con espacios abiertos denominados ágora. Una especie de plazas comerciales, donde se encontraban los amigos, hombres de negocios, políticos, artistas, el ciudadano común. Era el centro cultural, comercial y político. Las asambleas de ciudadanos se realizaban en dicho recinto.
El Estado debe proporcionar el esparcimiento que la población demanda. Pero así como han sido ineficaces en la protección ciudadana, los servicios públicos y la redistribución de riquezas, los gobiernos igual han fracasado en la tarea de crear espacios propicios para la recreación.
De ahí que la iniciativa privada haya asumido el papel de construir las plazas y centros comerciales que convocan al encuentro cotidiano. Las compras siempre necesarias y divertidas, el cine, el café apresurado, las comidas de negocio y las peñas de cultos, doctos y diletantes contertulios.
