El presidente Danilo Medina en ningún momento se ha dirigido a la nación para exponer las razones de una reforma tributaria (no fiscal) que dispararía el costo de la vida a niveles impredecibles. Creyó suficiente una reunión con los legisladores de su partido, funcionarios del área económica, varios empresarios y Agripino Núñez Collado.
Nada había que consultar con una oposición dividida, conservadora y desvinculada, hace mucho tiempo, de los sectores populares. Como muestra de una supuesta sensibilidad humana se limitó a decir que los ajustes serían un trago amargo.
Pero hasta ese momento la reforma tributaria, para recaudar 55 mil millones adicionales durante el año 2013, era un hecho. Jamás pensó que se encontraría con tanta resistencia popular y espontánea, en un pueblo que no tiene que pagar consecuencias de un déficit producto del dispendio y la corrupción de sus propios compañeros.
Con casi dos meses en el poder, Medina todavía no ha explicado la herencia dejada por el conferencista magistral de Leonel Fernández. Razones políticas y personales impiden entrar a ese terreno.
El gobierno no tiene moral para estrangular económicamente a las clases media y baja, mientras se le estruja a la gente en su cara jubilaciones imprudentes, se deja el mismo gabinete, se incrementa la nómina pública, siguen los privilegios y el festival de decretos de asesores y el excesivo cuerpo diplomático continúa intacto.
Para el presidente Medina pedir sacrificio a la población, primero debía de poner buen ejemplo, implementando un auténtico y amplio programa de austeridad, que empiece por el sacrificio de su propia gente. Usted no puede, señor presidente, exponer a la población a mayores necesidades, mientras en sus funcionarios se observa una vida de francachela.
Pero más aún: usted no puede presidente cobrarle a un inocente pueblo dinero que otro se robó. Usted sabe, señor presidente, donde está ese dinero, no se haga el tonto. Con ese dinero se tapa el agujero, sus pretendidos ajustes son sencillamente improcedentes.

