Opinión

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El último libro de Castro Ventura
Dice un refrán: “lo que abunda, no daña”.

Acerca del punto culminante de las relaciones del político venezolano Rómulo Betancourt y el tirano dominicano Rafael Trujillo hay un libro muy completo y bien escrito del periodista Miguel Guerrero: “La ira del tirano. Historia del atentado de los próceres”.

“Trujillo vs. Betancourt. ¡Rivalidad perpetua!”, del nuevo historiador Santiago Castro Ventura, presenta otras fases de esas relaciones, aunque termina por centrarse en el atentado del 24 de junio de 1960 como punto nodal.

Desde el momento en que utiliza abreviado el término en latín “versus” –de uso común en la crónica deportiva-, sobraba cualquier otra explicación. Y mucho más entre signos de admiración, descartados hace ya mucho tiempo del estilo de escribir.

Pero eso es lo primero que salta con desagrado a la vista  al tomar el libro entre las manos. Hay mucho más en la lectura de sus 327 páginas, con un apéndice cuya primera parte no transcribe las conferencias de Betancourt aquí en 1929 sino crónicas periodísticas de la época y cuya segunda parte no fecha las caricaturas de la prensa trujillista que reproduce.

Además, nombres y apellidos mal escritos, algunos escritos de manera correcta en el índice de nombres y, en sentido general, una construcción estilística pobre, al extremo de poner en peligro la importancia del trabajo en sentido general.

No es que la gente de otro oficio fuera del literario no deba escribir. Puede, y debe, siempre que empiece por aceptar que su especialidad académica como médico, ingeniero, abogado, farmacéutico o lo que sea no lo capacitó ni lo faculta en las cuestiones de fondo y forma que se refieren al trabajo de escribir. Que esto es otro aprender.

“Trujillo vs Betancourt…”, lo que empieza por el subtítulo entre los ya obsoletos signos de admiración que no agregan sino restan significado a las frases, es un libro de estilo muy pobre que en muchos casos conspira contra la confiabilidad de la obra en sentido general.

Que en materia de escribir y de enseñar –las literaturas informan, instruyen y educan-, no es sólo pensar, decir, escribir,  sino la capacidad, la destreza y el cuidado de pensar, decir, escribir. Otro aprender.

No todos los historiadores tienen el depurado estilo de que hacen galas entre otros Hugo Tolentino, Emilio Cordero Michel, Roberto Cassá y Franklin Franco Pichardo, en todos los cuales se ven el conocimiento y el cuidado del instrumento de la palabra escrita como medio de expresión y de enseñanza.

La lectura de esta obra de Castro Ventura hace recordar con nostalgia el libro de Guerrero, de tan minuciosa y amplia investigación como de correcto y comunicativo estilo, y no porque aquél lo cite en un par de ocasiones sino porque “La ira del tirano…” es ya un documento de consulta para estudiar las relaciones del tirano Trujillo con el demócrata venezolano, amante de la libertad y enemigo de tiranía.

Que lo será también “Trujillo vs. Betancourt”, aunque haya que tomarlo sólo como simple recopilación ordenada de documentos.

El Nacional

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