Opinión

AL DÍA

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Eran amenazados y castigados con severidad niños que por su naturaleza libre e inocente decían en la casa una palabra o una frase que pudiera interpretarse  “inconveniente”, ante el pánico de padres u otros familiares de que se repitiera en la escuela o en la calle y de que algún extraño la escuchase y comentase.

 La anormalidad de la vida dominicana en los 31 años de la tiranía no se convirtió nunca en normalidad. Se imponían el silencio y la suspicacia en las relaciones familiares, sociales o profesionales pero pocos dominicanos y quizá ninguno aceptaron como una razón la necesidad de callar siempre, hasta en un intimísimo monólogo.

 Estaba prohibido siquiera pensar y alentar cualquier sesgo de crítica a las actuaciones de la tiranía, del tirano y sus familiares y de quienes les servían con toda la incondicionalidad.

 Ni entre esposos solía abrirse, siquiera de cuando en vez, un canal de comunicación sin los tapujos del pánico. Y se dio casos de divorcios porque alguno de los cónyuges no pudiera contenerse y, sólo ante el otro, expresara siquiera una protesta insignificante.

 Los amigos y compañeros de oficio o profesión racionaban sus conversaciones y, más, sus confidencias. La política no era un tema, salvo que el o los trujillistas del grupo lo impusieran, siempre, por supuesto, para ensalzar a Trujillo y a su obra de gobierno.

 La delación de amigos, compañeros de oficio, profesionales e inclusive familiares se convirtió en una manera de asegurar y mejorar la posición personal con la conquista de ascensos en altos, medianos y pequeños puestos públicos.

 Las listas de “confidentes” del Servicio de Inteligencia Militar y de la Policía Secreta no eran numerosas. Delatar a posibles enemigos de Trujillo o “desafectos” de su régimen era un “deber” de obligatorio cumplimiento por el ciudadano de todas las clases.

 Los más encumbrados servidores de Trujillo en los puestos públicos se las ingeniaban, por sus ambiciones de ascenso y de eliminar obstáculos en la carrera, de intrigar contra otros para provocar que cayesen en “desgracia”.

 En algunos casos, esas delaciones degeneraron en persecuciones, prisiones y asesinatos de otros servidores que no tenían buenos amigos en la cumbre o que por su honradez y eficacia se habían ganado adversarios y enemigos.

 En lo que se ha llamado la “oligarquía trujillista” funcionó el envilecimiento hasta sus niveles más bajos. Con sólo callar era suficiente para la reducida clase media de entonces y para el pueblo mayoritario cuya falta de instrucción y educación no solía ponerlo en las disyuntivas y peligros de pensar y discriminar.

El Nacional

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