Opinión

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JUAN JOSÉ AYUSO
Como ningún otro dominicano en la Liga Mayor de Béisbol, Manny Ramírez tenía asegurado su puesto en el Salón de la Fama de Cooperstown, destino de los mejores de la pelota profesional norteamericana.

 Sus “números”, dicen los cronistas, estaban ahí para demostrarlo.

 Pero el jardinero derecho de los Dodgers perdió el puesto en el Salón y esos “números”, que en los récords deberán aparecer ahora seguidos por un asterisco, llamado a recordar que no fueron reales.

 Una prueba médica indicó que Ramírez había consumido un medicamento para aumentar su producción de testosterona, el mismo que debe tomarse tras un ciclo de ingesta de esteroides o anabólicos.

 El pelotero, carismático a pesar de su carácter temperamental y la más eficaz publicidad de su equipo, parece haber entendido que podía buscar la ayuda de esos medicamentos para mejorar su rendimiento.

 ¿Por qué?  Porque gana muchísimo dinero y varios de los peloteros que ganan muchísimo dinero entienden que con ello obtienen una patente de corso para hacer lo que les venga en ganas.

 Las ciencias de la mentalidad y la conducta humana tienen investigaciones y documentos, cientos, para determinar lo que ocurre en la cabeza de una persona joven y por lo general proveniente de la pobreza cuando de repente entra a “la danza de los millones”.

 Parece que en la vida no sólo hay que prepararse de manera profesional para practicar la vocación o el “don” que se tiene sino también para controlar y equilibrar la mentalidad y acción cuando el ejercicio de esa vocación o ese “don” reporta ingresos extraordinarios.

 La LMB suspendió a Ramírez por cincuenta juegos y éste –“a confesión de parte, relevo de pruebas”- decidió no apelar la decisión.

 En julio volverá al terreno pero ¿quién volverá?

 Los jits, dobles, triples y jonrones del pelotero no serán tales sino producto de medicamentos que lo ayudaron a mejorar su condición física y a batear más duro y mejor.

 Ramírez no será competencia. Él se eliminó como tal.

 Durante algún tiempo engañó a un grupo grande de personas –dirigentes de la LMB, de los equipos a los que perteneció y del público- pero se conoce el refrán norteamericano de que no se puede engañar a todo el mundo todo el tiempo.

 Y su pelo, su pañuelo amarrado a la cabeza y su estilo displicente pero eficaz de jugar a la pelota no serán ya parte de la imagen de simpatía que proyectó siempre entre los “fanáticos”.

 El que engaña a los demás se engaña a sí mismo. Quizá Ramírez se preguntará con sorpresa qué habrá ocurrido y el porqué de ese cambio tan radical.

 El mucho dinero que ganó y gana todavía no le permitió comprar la conciencia que hace falta para ser honrado y honesto con los demás y consigo.

 Pobre tipo.

 Hasta aquí llegó.

El Nacional

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