Opinión

Al día

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Después de leer “Tirano Banderas”, de Ramón del Valle Inclán, “Yo, el Supremo”, de Augusto Roa Bastos, “El recurso del método”, de Alejo Carpentier y “El otoño del patriarca”, de Gabriel García Márquez, acaricié también la idea de un relato del dictador.

 Digo “también” porque supongo que a muchos periodistas y literatos contemporáneos también se les ocurriría.

 El tirano de esa obra, general y militar de una época siguiente a la montonera, presentaría la novedad de un protagonista homosexual, con la agravante sicológica y social de un tiempo en el pasado en que los ahora llamados “gays” no habían salido del “closet”.

 Pero la necesidad de trabajar para lo que ponía el condumio en la mesa aplazó no sólo el relato sino muchos otros propósitos.

En una acción inusitada, el año pasado publiqué tres trabajos de investigación histórica.

 El primero, a partir del sargento Douglas Lucas que anduvo por aquí con la invasión militar norteamericana de 1965, una visión de la revolución constitucionalista y guerra patria de abril, que no es un trabajo testimonial.

 El segundo, editado por el Archivo General de la Nación, “Historia pendiente. Moca, 2 de Mayo de 1861”, investigación bibliográfica con casi todo lo que historiadores y cronistas han registrado desde entonces de ese prolegómeno de la Guerra de Restauración.

 Y el tercero, con financiamiento de una firma que confió en el trabajo del autor, “Lucha contra Trujillo. 1930-1961”, un recuento de la permanente lucha por la libertad y contra la tiranía de los dominicanos en ese terrible lapso de 31 años, tampoco testimonial.

 Antes había publicado dos ediciones de otra investigación, “Todo por Trujillo. (Fuerzas Armadas y militares: un proceso político desde 1930”, único del tema publicado por autor dominicano.

 Y “En busca del pueblo dominicano”, largo ensayo de investigación y apreciaciones acerca del establecimiento de la nacionalidad desde los años de la colonia hasta el presente.

 Pero la historia del tirano y general homosexual quedó en el tintero, como tantos otros temas barridos o borrados por la necesidad de trabajar en un oficio que permitiera calentar los fogones varias veces en la casa, enviar los muchachos a la escuela y procurar tener “dónde caer muerto” cuando llegara la vejez que, “sin prisas pero sin pausas”, ya siento en los huesos y sobre los hombros.

El Nacional

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