Opinión

AL DÍA

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Sin la sanción de los trujillistas civiles y militares en 1961, de los golpistas civiles y militares de 1963, de los vendepatria de 1965, asesinos y corruptos de los 22 años de Balaguer y sin sanción, en lo adelante, para los políticos que van al poder a hacerse millonarios con la corrupción, el baño de sangre culpable pendiente desde hace cincuenta años se convierte en una necesidad imperiosa para el establecimiento de la democracia.

 Hoy, la corrupción es tan evidente como su falta de sanción. El formalismo democrático que se vive permite que los escándalos de esa corrupción lleguen a los medios impresos y electrónicos pero uno sucede con rapidez al otro y contra uno ni otro se toma medida de sanción alguna.

 Denunciar la corrupción de los políticos en el gobierno, sean del Partido Revolucionario, del Partido de la Liberación o del remanente neotrujillista que Balaguer dejó para el cobro de los intereses de su reparto de riqueza del Estado, se ha convertido en una institución respetable.

 Pero también se ha convertido en una institución tanto o más respetable el hecho de que se cometa los actos de corrupción en tratas y tratos del Estado desde la Presidencia en Palacio hasta el más reciente de los inútiles ministerios creados para abrigar al clientelismo.

 ¿Qué objeto tiene, para los medios de comunicación y para los periodistas, investigar y denunciar los actos de corrupción cuando saben que el Ministerio Público ni la Justicia actuará contra ellos y establecerá sanciones?

 ¿Cómo acepta la mayoría del pueblo esa realidad evidente?

 En las elecciones de mayo pasado hubo una abstención que llegó al 60 por ciento. ¿Es este el comienzo de una respuesta popular a la corrupción y a la impunidad de la falta de sanción?

 “Los pueblos, que siempre empiezan por murmurar, acaban siempre derrocando a sus tiranos”, dejó escrito monseñor Fernando Arturo de Meriño en uno de sus recordados discursos contra el despotismo, la corrupción y el entreguismo de Buenaventura Báez.

 ¿Puede interpretarse esa abstención del 60 por ciento como la “murmuración” de inicio del pueblo para hacer valer su derecho a la esperanza de un régimen democrático que institucionalice los valores del ser y la conducta humanos y no el “antivalor” puesto en vigencia al día de hoy?

 La necesidad que crea el baño de sangre pendiente pudiera encontrar una solución que no sea la de los tiros del “Concho Primo” de la montonera. ¿Encontrará un país analfabeto funcional y sin cultura política, envilecido por las políticas trujillistas, neotrujillistas y clientelistas el recurso civilizado para cambiar ese baño de sangre por una demostración masiva de respaldo cívico a la democracia?

El Nacional

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