Opinión

Al día

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1.- En el Centro de Corrección y Rehabilitación 2, Najayo- Mujeres, había el ambiente de que llegaría visita esa mañana. El procurador general Radhamés Jiménes había invitado a un grupo de periodistas y otros profesionales. Ocho, en total.

 Recibidos a las puertas del Centro por su directora, Patricia Lagombra, esta dama empezó a sorprender por su adiestramiento, y por la corrección y precisión del lenguaje que utilizó para explicarlo todo.

 Ella y otras ejecutivas encabezaron el recorrido del grupo por las distintas dependencias del Centro: talleres de costura, informático, de belleza, panadería y repostería, cocina, manualidades, un salón para la educación, obligatoria, y espacio para deportes.

 Los diversos niveles de instrucción y educación  –incluído el analfabetismo- de las internas, así se llama a quienes cumplen una condena en este y los demás de los doce centros en el país, se combaten con cursos acelerados que pueden tomar de uno a dos meses hasta cuatro.

 Las sicólogas del Centro, de entrada y tras una evaluación, determinan cuáles de las internas necesitan un tratamiento para crear o mejorar la autoestima. La rehabilitación empieza por ahí, como por la alfabetización.

 La interna tiene que verse a sí misma en la dimensión de su potencial y no en la figura oprimida que le ha devuelto siempre el espejo social que sin quizá la haya llevado al delito o al crimen.

 (Muchas de esas 306 internas no olvidarán jamás la experiencia de su condena cumplida en estas condiciones aunque no querrán volver ni de visita, por lo menos en los primeros meses y años de su reinserción a la sociedad. Su condena será el pasado que se dejará atrás).

 Los índices delictivos y de criminalidad se combaten con esta idea de corrección y rehabilitación que, aparte de crear o mejorar la autoestima de los internos como seres humanos con todos los derechos y el sentido de la dignidad de género, con la capacitación para el trabajo que su vocación señale.

 El grupo de periodistas y otros profesionales termina su recorrido, tras escuchar las explicaciones de la directora Lagombra y recibir un “brochure” con esos detalles en blanco y negro, en la panadería y repostería y el comedor.

 Por la punta de la nariz empezó a golpear de la manera más favorable el aroma del pan recién sacado del horno. Con un poco de mantequilla que se derrite entre la masa, el bocado hace un aperitivo inolvidable.

 Las internas, adiestradas en la habilidad, se ocupan de la cocina para todos. El moro con pollo guisado logra el inolvidable sabor de una mañana en contacto con el experimento que busca mejorar a un ser humano que, por una de esas “cosas de la vida”, cayó en el delito o el crimen y fue condenado a una pena de internamiento.

 Pero no va a ser todo.

Mientras el grupo almuerza, las internas del grupo teatral y coral y de mimo lo entretiene de la mejor manera y con una calidad y buen gusto sorprendentes. Como para “cerrar con broche de oro”.

El Nacional

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