Opinión

Al día
De espaldas a la democracia

<STRONG>Al día<BR></STRONG>De espaldas a la democracia

Los cómputos finales de la Comisión Organizadora de la XXIX Convención del Partido Revolucionario tuvieron esta realidad: 3.641 centros de votación; 983,175 votos válidos; 1.872 votos observados; 53.44 porciento de votos para Hipólito Mejía y el 46.56 para Miguel Vargas Maldonado.

 Previo a la consulta de las bases del PRD, tanto Vargas Maldonado y su grupo de estrategas de campaña como Mejía y el suyo ponderaron hasta con exceso las virtudes profesionales, morales y éticas de los integrantes de la CO.

 De manera preponderante las de su presidente, Enmanuel Esquea y las de sus vicepresidentes, Milagros Ortiz Bosch y Hugo Tolentino.

 También hubo reiteradas flores para Ivelisse Prats de Pérez y para Quico Tabar, otros de los miembros del comité.

 De acuerdo con las palabras de Vargas Maldonado y su grupo y de Mejía y el suyo, toda la confianza de uno y del otro estaba depositada en Esquea, Ortiz Bosch, Tolentino, Prats de Pérez y Tabar.

 Además, los reglamentos especiales de la CO establecían que en cada uno de los centros de votación habría dos delegados de un precandidato y dos del otro, con la tarea de supervigilar y controlar la votación y de aprobar y firmar su compilación final.

 Temprano en la noche del domingo 6 de marzo de la Convención, Vargas Maldonado se proclamó él mismo y envió a los medios al dirigente Alfredo Pacheco a proclamarlo ganador y dio inicio a una campaña de descrédito personal, profesional, moral y ético contra los miembros de la Comisión.

 Y así empezó el “tirijala” que se prolongaría por semanas hasta que la gente descubrió que no había tal protesta por “irregularidades” en las votaciones de las masas perredeístas sino presión para lograr un “arreglo” con el candidato ganador.

 No sólo buscaban ilegitimar el triunfo de Mejía sino condicionarlo a un “arreglo” que “respetara” el “derecho a la proporcionalidad” del precandidato perdedor.

 Y la democracia y su procedimiento fundamental, que se fueran “al cachimbo”.

 Con el 46.56 de la votación perredeísta en la convención, Vargas Maldonado consolidaba una posición de poder que, si bien no le garantizaba siquiera conservar la presidencia del PRD, lo colocaba como la principal reserva de poder interno.

 Pero no. Había que retrotraer a la organización a los métodos antidemocráticos que desconocen y violan la soberanía de las bases expresada en su voluntad y decisión por Mejía, empañar la acción democrática de la convención y dañar la fiesta de los ganadores.

 ¿El de estos procedimientos que desconocen a la democracia y a la esencial voluntad de las masas es “el nuevo PRD” del que hablaban Vargas Maldonado y su gente en la precampaña?

 Despotismo y autoritarismo los hay en el país desde el 1844 de Pedro Santana y Buenaventura Báez. Los políticos de hoy siguen la línea con sus hechos aunque finjan creer lo contrario.

El Nacional

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