Opinión

Al límite

Al límite

(2)
 La clase política dominicana no tiene conciencia de los límites a que ha llegado. Esa circunstancia la revela como sector social sin claridad de su papel histórico ni de su ubicación en la división del trabajo. De tenerla, no se expondría a incurrir en los yerros que está cometiendo, los cuales, catalizan una hecatombe cuyo olor a desmembramiento se percibe a leguas.

 No actúa con vocación de permanencia ni de largo plazo. Sus afanes, por inmediatistas, tienden a satisfacer apetencias tan coyunturales, que no les importa si sus influencias se circunscriben a un único ejercicio de poder, siempre que, durante ese lapso, su nivel de acumulación sea de tal magnitud, que garantice la opulencia para siempre.

 Su desdén por preservarse de cara al porvenir y, sobre todo, su absoluto desinterés por el posible juicio de la historia, ha conducido a nuestros políticos tradicionales a asumir un grave riesgo, ya no sólo de ver diluída su vigencia actual, sino de conservar las esencias del modelo llamado a cuidar como la pupila misma de sus ojos. En este país, las cosas han llegado a alcanzar una fetidez tan pestilente, que no resulta posible afirmar con certeza lo que nos puede deparar la mañana de mañana.

 El Poder Ejecutivo ha perdido, creo que con carácter irreversible, su activo principal: Su palabra ha quedado devaluada. Es imposible, a partir de una práctica que no sustenta el discurso, mantener la confianza en un presidente que amamos cuando habla y despreciamos cuando actúa. Lo único más impresionante que su obstinación en reiterar políticas públicas ineficientes, es su pasividad de piedra ante los escándalos que explotan en las fosas de su nariz. Inevitable, en consecuencia, descartar su mano en el encendido de la mecha.

 El Congreso Nacional, de su parte, tiene las puertas como adorno fútil. Abiertas o cerradas sería la misma cosa. Jamás había visto tanta desproporcionalidad entre el costo de algo y su productividad. Una institución de esa envergadura debiera existir para mucho más que la mera complacencia de afirmar, con orgullo espúreo, que estamos dotados de un sistema que se hace llamar democrático. Bastaría mencionar Cámara de Cuentas; Sun Land; Barrilito; Asistencia a sesiones y Juguetes de la Lotería, para comprobar de qué hablamos.

 El Poder Judicial ha quedado evidenciado en su fortaleza de mentira. Después de impresionarnos con su transformación de fachada, ha perdido el glamour de su costoso decorado, poniendo al descubierto la vigencia de los males ancestrales con cuya superación nos ilusionamos. ¿De qué sirven bellos edificios y códigos remozados si la justicia como árbitro no vidente e idóneo continúa siendo una aspiración?. La Suprema Corte, su máxima expresión, no tiene manera de salir bien librada de la estigma que le han significado sus fallos sobre el contrato con Sun Land y el Concordato, por sólo citar dos casos.

Así las cosas, quienes aman esta nación, merecedora de mejor destino, deben hacer algo más que sufrir con estoicismo los efectos de una realidad tan lastimera. No está definido que lo que pueda derivar de esta situación, sea algo en capacidad de superarla. Sí está claro que este barco no conduce a puerto seguro. De una u otra forma, en mayor o menor medida, la construcción de una nueva embarcación, con tripulación renovada y métodos de conducción diferentes, es una responsabilidad que no podemos eludir. Salvo que prefiramos continuar siendo cómplices del naufragio.

yermenosanchez@codetel.net.do

www.pedropabloyermenos.com

El Nacional

Es la voz de los que no tienen voz y representa los intereses de aquellos que aportan y trabajan por edificar una gran nación