Lo señalado por el Premio Nobel, Oscar Arias, de que exigir la reinstalación en el poder de Manuel Zelaya son palabras vacías, cae como balde de agua helada y justifica en cierto modo la intención del depuesto mandatario de intentar un retorno a Honduras por sus propios medios.
El mandatario costarricense y mediador en la crisis hondureña, considera imposible el regreso de Zelaya sin condiciones como exige la comunidad internacional y por el contrario, procura dar largas al asunto, sabe Dios con cuáles propósitos.
Arias ha aceptado el pedido del líder golpista, Roberto Micheletti, de enviar a Tegucigalpa una persona de confianza para que dialogue con los clanes que secuestraron y expulsaron de Honduras al presidente Zelaya.
Para complacer a Micheletti, el presidente Arias anunció que pedirá al antiguo jefe del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), Enrique Iglesias, para que contacte a lo que define como poderoso sector empresarial, ligado al golpe de Estado.
Es claro, pues, que el presidente Arias y su equipo de mediadores han resuelto tomar el camino más largo o el trayecto que conduce a ninguna parte. Con síntomas de asfixia por el aislamiento a que lo ha sometido la comunidad internacional, los golpistas hondureños requieren de tiempo y legitimidad, que el presidente Arias parece dispuesto a entregar en papel de regalo.
Micheletti reclamó del Premio Nobel el envío a Honduras de una persona de confianza para dar tiempo al tiempo, por lo que Arias ha pedido a Iglesias, con quien cultiva una gran amistad, que cumpla con ese propósito que sólo beneficiaría a un golpismo que muchos anhelan como referente para el retorno del gorilismo en toda América.
Bien ha hecho el presidente Zelaya en instalar un campamento de la democracia en la frontera de Honduras con Nicaragua e intentar retornar al Poder de manos con un pueblo agredido que no figura en la agenda de conversaciones que Arias ha encomendado a Iglesias.
Algo huele mal en Costa Rica.

