Sobeida
La página 5 de este vespertino, trajo, con título en portada, el miércoles 28, las declaraciones que hizo Sobeida Féliz Morel. No me sentí a gusto. Siento que este periódico es mi casa y que sin mi autorización había entrado una intrusa. Por suerte, no soy quien regula quien entra. Comprendo que no podía negársele la entrada. Esa manera de actuar ha sido parte del éxito de El Nacional: permitir la libre expresión de todos, que tampoco podía dejar de publicarse su parecer. Eso es noticia, su versión del caso de los 4,6 millones de dólares es también noticia, ésa es su verdad, y no soy quién para catalogarla de mentira. No tengo acceso a los pormenores de su caso. Tampoco soy quién para juzgarla, pero me basta para no creerle. Si bien ella tiene sus derechos que mi periódico ha sabido protegerle. También tengo mis derechos, entre los cuales está estimar que no habla la verdad, y sólo quedarme con mi pesar de hombre de poca monta, agobiado por los pagarés, sumido en esta limitada fama que me da esta columna y los libros publicados a empujones, frustrado porque aún tenemos un país que ovaciona las inconductas, que, insisto en reiterar, ven en esta señora alguien a imitar, a envidiar, por encima de tantos seres anodinos que se pasan horas frente a 70 alumnos y una pizarra, o barriendo y recogiendo basura, o metidas en la consulta, la emergencia, la sala o el quirófano de un hospital 14 horas diarias, o sembrando y recogiendo café, o vendiendo comida en una esquina o simplemente siendo ama de casa restringida a un hogar con hijos y probablemente sin concubino, que a lo mejor morirán sin tan siquiera soñar que serán propietaria de la casa donde viven y que debe valer un millón de veces menos que el que la señora noticia pagó por una de las suyas; pero no le pare bolas a estas necedades, y, si opina que que escribo por envidia, es probable que sea verdad, como la verdad por usted dicha en esta casa que, por casi 24 años ha albergado lo que siempre he creído han sido verdades en algo más que salud.
