No soy quien ha usado los servicios eficientísimos del teniente Fernando de los Santos La Soga. No soy una persona honorable ni influyente para utilizar su arte de matar que las más de las veces caían en el campo del sicariato. Por eso no soy de los que los quieren muerto. Tampoco soy de los que andan poniéndose donde el Capitán los vea para que uno de los dos candidatos a suceder al Mesías les compre la conciencia y les dé una boronita y de paso le ofrezca el Consulado en Boston, que al parecer no tiene dolientes.
Mucho menos soy de los que en noviembre pregonan una lucha contra la violencia, mientras en sus vidas particulares son personas con taras, y la principal es que roban los dineros del pueblo, con lo que impiden que éste pueda destinarse a promoción y educación en salud, para garantiza una reducción en las estadísticas fatales del problema.
En ningún caso he de ser de los que andan comprando cédulas para sumar o, en el mejor de los casos restar votos al adversario, y ganar para darse la gran vida, gracias a ese grupo de incautos que vendieron su derecho a elegir por un salami, un picapollo, dos potes de romo y una gallina.
Por nada me creeré el cuento de que es posible crear una tercera fuerza progresista que una los egos hipertrofiados de figuras mesiánicas con otros que quieren limpiarse presentándose como revolucionarios cuando siempre han vivido muy bien con sus negocios partidarios de derecha.
Donde sí estaré es subiendo lomas el 1 de enero rumbo al pico Duarte junto a delegaciones de Venezuela, Cuba, Haití y Puerto Rico y bajo la dedicatoria a la amistad de Fidel y Chávez que sí son ejemplos vivientes de algo más que salud.
