Opinión

ALGO MAS QUE SALUD

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El perdón

A Nathaly

Me quedó bonito el parangón que hice la semana pasada entre dos sacerdotes con hojas de vida disímiles. El leal y amoroso cura de la iglesia “San Juan Bautista” del barrio “Las Antillas” de la salida de Santiago.

El mismo que el presidente quiso “asquerosear” al éste pedirle atender otras cosas más allá de la educación, sus 32 minutos de justificación, de un gobierno injustificable, se volvieron un boomerang. Del otro lado el sacerdote de Hainamosa que no califica para ninguno de los infiernos de Dante. En ambos casos vale el perdón:

En el Padre Nuestro, pedimos a Dios que “… perdone nuestros pecados, así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden.” “El perdón que otorguemos no debe tener límites, de la misma manera que el perdón de Dios es ilimitado” (Lucas 17:3-4).

Mandela, el hombre más libre que conocí, escribió: “Un hombre que priva a otro hombre de su libertad es prisionero de su odio, está encerrado detrás de los barrotes de sus prejuicios y de la estrechez de espíritu”.

A lo largo de su Presidencia, Mandela multiplicó los gestos de perdón, almorzó con el fiscal que argumentó a favor de su encarcelamiento. Durante su toma de posesión, cantó el himno Afrikaansy viajó cientos de kilómetros para tomar el té con la viuda de Hendrik Verwoerd, el primer ministro cuando él fue enviado a prisión.

También organizó un banquete en la jubilación del jefe de los servicios secretos del apartheid, Niels Barnard, e invitó a almorzar al procurador del proceso de 1963 que lo mandó al penal Robben Island, Percy Yutar; y apareció enfundado en la camiseta de la selección nacional de rugby, los Springboks, de la minoría blanca cuando ganaron la Copa del Mundo de 1995.

“Hubiéramos vivido un baño de sangre si (la reconciliación) no hubiera sido nuestra política de base”, recordó Mandela. Ese es el único perdón posible y es el que de seguro le dio el padre Benito al Presidente.

El Nacional

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