Pena y dolor
Eran las 3:03 de la tarde del pasado lunes 23 de octubre cuando el jefe de la unidad de cuidados intensivos del “Orlando Memorial Hospital” nos comunica, a los que nos encontrábamos en la salita previa, que habían tomado la decisión de desconectar las máquinas que sostenían los últimos hálitos de vida de Nazareno Reyes, el esposo, compañero y amigo de mi hija mayor; el desconsuelo, la tristeza y el dolor se expresó en todos, nos resitíamos aceptar que se nos había ido.
El galeno agregó: “Hemos agotado todos los recursos que la tecnología nos permite, pero sus organos no responden y su cerebro esta definitivamente muerto”.
Miguel Hernández en su “Elegía” nos dice: “…No hay extensión más grande que mi herida,/ lloro mi desventura y sus conjuntos/ y siento más tu muerte que mi vida./ Ando sobre rastrojos de difuntos,/ y sin calor de nadie y sin consuelo/ voy de mi corazón a mis asuntos./ Temprano levantó la muerte el vuelo,/ temprano madrugó la madrugada, temprano estás rodando por el suelo. / No perdono a la muerte enamorada,/ no perdono a la vida desatenta,/ no perdono a la tierra ni a la nada”.
Este ha de parecerle a mis lectores otro lamento más de una muerte que nos les importa, pero me atrevo a convocarlos a mi dolor asegurándole que mi hija construyó junto a Naz, una de las relaciones de pareja más bonitas que he conocido o vivido, marcada por la tolerancia, el respeto a la esencia de cada quien, la alegría de vivir, cargada de comprension y amor.
Esa es la química que debe alimentar todos los matrimonios. Iñaki, mi maestro de acupuntura me decía: “Para ser feliz solo se necesita comer lo indispensable, tener alguien que nos importe y ser querido por otro”.
Mi hija, un ser de luz, construyó las dos últimas con su marido y desgraciadamente este se le fue, en un inesperado accidente, dejándonos a todos desconsolados incluido el que escribe “algo más que salud”.

