Las madres y ser especial
Andaba de viaje. Siempre llevo que leer. Acudí a New York al XIV congreso de la Asociación Hispana de Profesionales de la Salud. Escogí tres libros que ya había leido: «El hombre mediocre» de José Ingenieros el cual leí en saltos hace unos 35 años, «Cien Años de Soledad» de Gabriel García Márquez camino a su sexto paso por mi intelecto y «Cien horas con Fidel» de Ignacio Ramonet que terminé de leer precisamente en un viaje de hace tres años a USA.
Comencé con Gabo, en el mismo avión, pero lo solté y tan solo atiné a rememorar dos frases de Melquiades, aquella del primer viaje a Macondo promocionando el imán como la «Octava maravilla de los sabios alquimistas de Macedonia» que obsesionó a José Arcadio Buendía, y que solo fue reemplazada por el catalejo que Melquiades le cambio por el imán bajo el alegato de que con él «La ciencia ha eliminado las distancias». Volví a ser atrapado por la prodigiosa mente de Ingenieros, en un libro que ya cumplió 100 años y que nos mete entre ceja y ceja una clasificación de los seres humanos entre mediocres y los que tienen alguna genialidad y luchan por un ideal.
La lectura me hizo reflexionar. Me recordó el Juan Salvador Gaviota de Richard Bach, el Siddhartha de Herman Hesse y la figura del tercer libro, un compendio de las conversaciones que el periodista Ignacio Ramonet tuvo entre 2003 y 2005 con el líder de la Revolución Cubana
Con ese me quedé en las «mismas entrañas del monstruo» al que Fidel le señala «Que me corten una mano si alguien encuentra aquí una sola frase dirigida a disminuir al pueblo norteamericano… no podemos echarle la culpa de las diferencias entre ambos gobiernos».

