A 56 años del golpe
Desde aquellas veladas del club “Villa Progreso”, ubicado en el barrio del mismo nombre, en Santiago (después de la Junta de los “Dos Caminos” en el trayecto hacia Tamboril y Moca), las que estaban sustentadas en grupos de poesía coreada, y que a veces cerraba con un par de canciones Ramón Leonardo, luego de dar una exhibición de karate, fui formado en la idea de que se debe vivir apegado a los principios de bien. Antes, en la casa, en mano de una madre soltera obsesionada con el trabajo y ser honesta, no había otra opción para aprender, mientras crecía.
La escuela a la que asistí, el Instituto Evangélico, sirvió de apoyo a ese ideal con el fantástico señor Russel como director en la primaria y luego doña Olga en la secundaria, que junto a una pléyade de profesores nos enseñaron en sus clases, y con su ejemplo, como se construyen hombres y mujeres de bien apegados a la honestidad y la verdad.
Luego vinieron las movilizaciones de noche con 14 años convidado por Manolín de los evangélicos de La Alegría, Antonio “El Rubio” de “Los Maguises”, Radhames y Julián, de Las Carreras (todos del MPD), pidiendo el Medio Millón para la UASD y para decirle de todo a Balaguer tirando dos o tres bombas molotov. Me involucraba en esas actividades peligrosas porque creía en eso de construir una sociedad más justa, que protegiese a los más necesitados, en fin, en ser ese “Hombre Nuevo” que pregonaba Ernesto “Che” Guevara.
Posteriormente vinieron los clubes, las asociaciones deportivas, la UASD y todo su glamour de los años 70, militar en la AMD y por tener siempre de norte ajustarme a los principios el partido político que se ajustaba a ello era el PLD y, sobre todo, Juan Bosch entré, y también era lo mismo, pero… ahora no me queda más que rumiar lo que pudo haber sido y no fue, conformándome con sentir respeto por el camino andado en el que se encuentra “algo más que salud”.

