La celebración de los 15 años de mi sobrina y ahijada Adilys (nombre construido invirtiendo el de mi madre, quien falleció poco antes de que ella naciera), me ha llevado de nuevo a Orlando, Estados Unidos, donde viven mis dos hermanos y mi hijo mayor.
Aunque el deseo de ellos es halagarme y llevarme a las famosas atracciones que allí hay, mi mayor disfrute es aprovechar cada instante en que podamos estar juntos y compensar el tiempo que la distancia nos ha robado.
Mis hermanos trabajan como gomeros, por lo que acompaño al que me alberga en su casa esa noche y paso el resto del día en sus respectivos trabajos. Como ellos son responsables de las mismas deambulo por ellas trabajando, pero, dado que no se cambiar gomas, me autoasigno la tarea de limpiar y ordenar el negocio, y en los momentos despejados nos ponemos al tanto de los vaivenes de nuestras vidas, las penas y alegrías que nos van llegando, nos contamos los chistes nuevos, pero seguimos disfrutando los viejos. Aunque les parezca raro, para el complejo armazón de cosas que es José Díaz, estos espacios con mis hermanos y mi hijo, a los que se suma ver unas película juntos o compartir con sus familias mientras comemos y nos tomamos unos tragos, son una terapia, me hacen recargar baterías para seguir existiendo sin ahogarme en este mundo construido más que nada para que suframos, sobre todo los que aspiramos a una sociedad mas justa.
Algunos prefieren un resort, o viajar por lugares exóticos, pero así es la vida. Hay que buscar los espacios para sentirse cómodo, aspirando a ser feliz. A propósito de mi entrada a Estados Unidos, me volvieron a parar en Migración, pero por las cosas viejas de siempre, no porque entré vestido de negro con la foto de los 5 cubanos presos en Miami en la parte delantera de la camiseta, y detrás fotos de los padres Regino y Rogelio, como anuncié hace un mes aquí, en algo más que salud.

