Hoy se cumplen 17 años del secuestro, apresamiento, tortura, asesinato y desaparición de mi maestro Narciso González Medina. Como siempre, lo recordaremos yéndonos a las cinco de la tarde detrás de la estatua a Fray Antón de Montesinos en el malecón, y lanzaremos flores al mar, porque, gracias a la componenda de los que desde el poder lo han convertido en un crimen de Estado, aún no sabemos qué fue de él y no disponemos de un lugar donde depositar, además de las flores, nuestra pena.
En este año, fruto de un plan bien elaborado y pagado, apareció un libro de un investigador comercial que asegura que para j a terceros, Narcisazo se suicidó y decidió, para hacer más perfecto su plan, desaparecerse. Otro amigo cercano de Narcisazo, que busca allanarle el camino a otro amigo para que éste pueda, gracias a sus condiciones mesiánicas, aspirar a puestos de organismos internacionales, asegura que el autor de El Pueblo se Queja en Verso se dio 17 puñaladas por la espalda y con el hálito de vida que le restaba, se metió en una incineradora y se cremó, dejando programada la computadora para que recogiese las cenizas y las desapareciese.
Siguiendo el plan, desenterraron un cadáver ajeno, le pusieron el nombre de Narciso en una nota en su cráneo, como si bastase para que fuese él, siguen ofreciendo buenos dineros para comprar silencio, pero no han logrado impedir que sigamos convocados para Costa Rica, a las audiencias de la Corte Interamericana de los Derechos Humanos de la OEA, que revisará sin imposiciones, sin mentiras, sin compra de jueces, lo que inició un grupo de militares a las 9 de la noche del 26 de mayo de 1994 y que más o menos quedó establecido en el libro Narcisazo, ¿dónde estás? que hace dos años publicó quien aún hace algo más que salud.

