El gran Voltaire decía, que la vida es un circulo de dolores, a lo que yo agrego que es una realidad incuestionable aplicable a doña Ana Célida Rosario Medina, de 78 años, quien desde el océano de su atribulado corazón clama gritos de impotencia social al decir, no quiero morir sin conocer a mis padres, hermanos y familiares en Puerto Rico.
Ana, de color blanco, mediana estatura, todavía con un rostro demostrativo de una mujer bella, exhibiendo tristeza y amor, voz firme y ameno conversar, reafiirma, yo nací en Puerto Rico, no recuerdo la comunidad, pero a los 8 años me trajeron en un barco a San Pedro de Macorís. No sé quienes lo hicieron, pero yo tenía esa edad.
Con natural inteligencia, rememorando el pasado y el presente que le ha tocado vivir, sustenta que sus padres biológicos fueron Ricardo Robles y Aleja Rosario, puertorriqueños, y de crianza, Alexander Yoguera, norteamericano, y Dolores González, dominicana, a quienes agradece y ama.
Con asombrada lucidez, refiere que estuvo Guantánamo, Cuba, a raíz de la muerte de su padre de crianza, aduciendo que de San Pedro de Macorís vivió en Cotuí, Jarabacoa, Villa Duarte y en la Avenida Tiradentes en la ciudad capital junto a sus progenitores. Así en Pedernales, donde nacieron varios de sus 14 hijos.
Era la tarde del jueves 8 cursante mes y el acogedor restaurante de Ángela Lorenzo, gentil, solidaria, afable, cuyos ojos parecen razones de auroras en la calle 16 de Agosto esquina Padre Ayala de San Cristóbal, lugar que sirvió de escenario a este encuentro con doña Ana, que hizo vibrar las fichas sensoriales de nuestras almas.
Ángela, elegantemente vestida, nos obsequia café. Ana Cecilia señala, que contrajo matrimonio con Napoleón Fernández, asimilado militar, nativo de Puñal, Santiago, y aunque dijo que dio otro paso estando joven, jamás he vuelto a contraer compromiso.
Sobre sus familiares en Puerto Rico, dice: Ayúdeme, que usted trabaja en los Derechos Humanos, aunque varias personas me han hecho diligencias, a quienes agradezco, pero no he tenido suerte.
Doña Ana expresa que fue declarada en el país y obtuvo su cédula en época de Trujillo, aduciendo que lleva 40 años residiendo en San Cristóbal, en el barrio La Piscina, a orillas del río Nigua, en una triste vivienda con olor a pobreza extrema y cuando llueve, tiene que ser auxiliada, y reafirmando que ella crió a sus 14 hijos, todos muy buenos y serios, lavando y planchando. Y continúa el conversatorio, reclina su rostro en sus manos, mira hacia arriba buscando el cielo, acompañada de su hija Glenys y su nietecita Fior de 11 años, estudiante que no se aparta de ella y le ayuda en la cocina.
El Consejo Dominicano de Derechos Humanos, llevará el caso de Ana tocando puertas, investigando y decidiéndose a organismos internacionales y nacionales, el jurisconsulto, doctor Ramón Pina Acevedo, asesor y consultor internacional, tendrá en sus manos las consideraciones pertinentes.
No quiero morir sin conocerles y besarles, siquiera ver fotografías, porque algunos viven en Puerto Rico o en otro lugar. No quiero morir así, no quiero morir así.

