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Angel María Martínez

Angel María Martínez

Dibujar, pintar, anhelar la fuente arcaica. Buscar los elementos de la memoria mítica desde la constitución del cuadro. El artista no quiere reproducir modelos, sino edades del cuerpo, la naturaleza y sus quejidos. Pensar que aquello mitigado por el ojo y puntualizado por la mano y su pulso de escritura, no es simplemente una historia, un eco una huella.

En brazos de Penélope. En brazos del arte. El cuerpo. El color. El signo. He aquí un recorrido que no olvida los opuestos del cuerpo y del mundo. Señal de una aventura que surge de los espacios estéticos de la modernidad y la tardomodernidad. A través de un nuevo orden del sentido artístico este creador visual dominicano aspira a presentificar los estratos de una cultura de los signos artísticos reveladores de significados y formas conjugadas evolutivamente, asimiladas al corpus de la mirada visional.

Es realmente una batalla donde los sentidos son los mismos personajes y funciones del organismo. En verdad son metáforas, figuras, motivos de un universo a veces augural, a veces agonal que sustituye o presentifíca un tiempo y un imaginario cuya inscripción es el camino: mar, cielo, tierra, edad, mito fundador  y perseverancia de un cuerpo. Símbolo. Actitud. Ventana que ayuda a convivir en soledad y estado que impulsa, promueve la nada como negación del cuerpo y a la vez imán, piedra, conducto, espacio de la mirada y del registro pre-óntico.

¿Para qué solicitar el punctum, el espacio metonímico de lo figural? ¿Se trata de movilizar un significante apoyado en el pintar como gesto del pintor? Lo que se quiere es contestar lo oscuro, lo ocultado, aquello que no sobresale como objeto, mediación o potenciación del deseo. Pues el cuadro no es simplemente la pintura o el dibujo; el pintar o el dibujar. Más bien se trata de que el artista muerda el anzuelo, no pueda renunciar a una memoria mítica o a ese tiempo de los orígenes golpeado por la precariedad  del ontos, del personaje mítico, del viaje mítico y las metáforas esenciales.

El artista Angel María Martínez se abraza a Penélope y construye su homenaje. Cree penetrar en una raíz que se hace visible desde un cuerpo y un espacio esquino, nombrado mediante el color, la forma, la línea y la visión una imagen un camino de regreso mediante la fortaleza, la perseverancia y el contacto con ese foco abierto y contradictoriamente dirigido al mirar-pintar, esto es, a todo aquello que implica el viaje y la espera.

Sin embargo, Angel María Martínez no entiende esta individual en el sentido de un modo de aparición pública, sino más bien como una reflexión en su trayectoria. El artista se hace visible como una lucha entre Odiseo  y Penélope. Pero en verdad se trata de una batalla de sentidos y añoranzas donde el día y la noche se tejen a través de una urdimbre onírica sujeta a los circunstantes de un imaginario artístico en enyo proceso  reproductivo-creacional  invita al recorrido, a la nave que parte o regresa.

Nacido en San Cristóbal (Cambita  Garabito en 1971) y habiendo realizado estudios en la Escuela Nacional de Bellas Artes y en la Facultad de Artes de la Universidad Autónoma de Santo Domingo,  Angel María Martínez ha trabajado como diseñador gráfico de varias editoras e instituciones artístico-culturales, y ha participado en algunas colectivas como pintor y dibujante.

En estas obras recientes, el artista explora a Penélope desde sus rasgos simbólicos y su arquetipo de base. La necesidad de recurrir al relato homérico acentúa en estos dibujos y pinturas un arco imaginario  y poético instituido como imagen y elemento iconográfico no reproducido. Las veinte pinturas y dibujos que conforman esta expo-individual, surgen de un estado pre-onírico revelador de una estructura mítico-visual polisémica y visional.

El uso de grandes y medianos formatos equilibra en lo museográfico, las fórmulas y actitudes de un mirar-lo-mirado que asegura la visibilidad, el sentido, el orden composicional y signográfico de la obra.

Pero la travesía simbólica de lo que promete su visión artística en estas obras recientes, permanece como estado, constancia y vigilancia vigilada. Las veinte piezas no se alejan como sustancia arquetípica del registro pictorial y dibujístico.

Las mismas remiten en el contexto del registro-deseo  y del cuerpo-sentido, a líneas en superficie y profundidad que ayudan a definir la travesía metafórica y metonímica de lo pintado.

(El autor es miembro de la Asociación Dominicana de Críticos de Arte y de la Asociación Internacional de Crísticos de Arte).

El Nacional

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