Opinión

Angelita

Angelita

Sus letras forman un vocablo que evoca excesos en una parte importante de la población dominicana. Ni siquiera el recio nombre de un pediatra de prestigio ha podido desterrar el suyo del hospital de niños y así, las madres van al “Angelita”, sin tener idea de quién fue Robert Read Cabral.

 Una versión femenina de su hermano díscolo. Con las ilimitadas oportunidades que les proporcionaron el latrocinio vulgar de su progenitor, no supieron hacer otra cosa que no fuera vincularse sin reparos a lo baladí, a la pompa, al bacanal y al desenfreno. Que no se alegue su edad, porque bastante creciditos estaban para establecer diferencias y dedicarse a ser útiles.

 Ahora, como si tanta chabacanería  hubiese sido poca, se le ocurre escribir un libro que no hace más que reiterarla en su improductividad. Es cierto que es un derecho que le asiste derivado de una democracia que, aún entrecomillada, es mucho mejor que el oprobio propiciado por su padre. No obstante, debiera tener la delicadeza de ejercer  ese derecho con la debida responsabilidad, sin abusos, no envenenar páginas con el propósito de aniquilar honras, desvirtuar historias y pretender exculpar a quien carece de justificación posible. Ojalá los agravios procuren resarcimientos.

 Sin embargo, ni ella ni su libro son los problemas principales. La mayor desgracia radica en lo que hemos hecho o en lo que hemos dejado de hacer a partir del 30 de mayo de 1961, para que, pese a la justa muerte del tirano, el trujillismo continúe siendo hoy un tema vigente en esta sociedad.

Una vigencia derivada de un sistema de gobierno que se aferra a los métodos del sátrapa. De funcionarios que lo único que detestan del ególatra es que no son ellos los depositarios de tanto poder. De presidentes que se obstinan en replicar su efigie detrás de cada escritorio público; de asistir a la inauguración de cada pequeña obra; de exigir que se especifique que todo se hace por su providencial designio. De un sistema que no resuelve uno solo de nuestros problemas; de una inseguridad ciudadana que no cesa; de un irrespeto absoluto a las leyes y una peor aplicación de las mismas.

Imposible desvincular la vergüenza por este libro y por su autora, de la fascinación que continúa generando una época por la causa exclusiva del otro horror que ha continuado a la desaparición sólo física del déspota. Ese es nuestro fracaso.

El Nacional

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