Fui a una manifestación frente a la Suprema Corte de Justicia, donde encontré a muchas de las compañeras que han venido luchando contra la violencia a las mujeres durante los últimos 30 anos.
Ya con canas, muchas expresaban su frustración frente a un problema que no parece tener solución, hasta que las mujeres pasen del rol de víctimas al de la autodefensa.
Mientras gritábamos las consignas salió el fiscal responsable de la liberación del asesino de esta joven que no encontró un solo mecanismo para escapar la muerte. Las mujeres comenzaron a gritarle asesino cuando este corría hacia su vehículo fuertemente protegido por la policía.
No pude correr, me falta el aire, pero de haberlo alcanzado no se hubiera escapado sin un par de bofetadas, las que debieron darle todas las mujeres y hombres presentes en una manifestación que pudo ser mayor si se hubiera apelado a la Z101, o la radio, y no solo a las redes, modalidad que no es de masas.
No vi a la flamante ministra de la mujer, la cual llevará sobre su conciencia las doscientas o más mujeres asesinadas en lo que va de año y digo en su conciencia porque quien no tiene capacidad para una función de tanta responsabilidad no debe aceptarla. La vida de las mujeres no es un pasaporte a una función ministerial, o a un escalón Partidario, es una gravísima responsabilidad, como lo es la del Conani, y la del Conape, organismos que trabajan con poblaciones vulnerables.
Confieso que regrese muy frustrada. Me enfurece que sigamos pidiendo leyes de “protección integral a la mujer”, como si aquí las leyes sirvieran para algo. Y me enfurece que estas actividades sirvan de escenario a los mismos gastados discursos de quienes no quieren entender que hay que tirarse a los barrios, iglesias, escuelas, clubes, Ong’s, Asociaciones de mujeres, para organizar Comités Barriales Contra la Violencia a las mujeres.
Comites donde se enseñe a las mujeres que a los abusadores y asesinos hay que pararlos y que esa es una labor de todo un edificio, una comunidad, barrio, paraje. Que cuando veinte mujeres se apersonan donde un hombre golpea una mujer este se detiene, o hay que detenerlo, con un bate si es necesario, amarrarlo. Y si nos atreviéramos a hacer como los países árabes con los ladrones reincidentes: cortarles las manos.
Esos comités tienen que crearse con la participación de los hombres solidarios que existen y, como el guardián del edificio de Anibel, impiden el acceso de los asesinos a sus víctimas. Solo así pararemos la sangría.
Es pasar del lamento a la autodefensa, del pedido de más leyes a la fuerza organizada.

