Desde la inauguración del Teatro Nacional en el año 1973 soy un asiduo asistente a los espectáculos que allí se presentan, especialmente a los conciertos con música sinfónica. Por esa razón he podido observar las características de las personas que son realmente, o solo aparentemente, amantes de esa vertiente del arte musical.
Por ejemplo, algunos aplauden al finalizar cada movimiento de piezas que contienen varios, lo que pone de manifiesto su ignorancia acerca de la llamada música culta. Hay que reconocer que la afición por las composiciones de los grandes maestros del género clásico ha crecido en el país, por lo que en la casi totalidad de los conciertos la inmensa mayoría de los presentes aplaude al final de la pieza.
Durante el programa del día 9 de este mes correspondiente al Séptimo Festival de Santo Domingo se produjo una gran asistencia de personas no iniciadas en las audiciones sinfónicas. Esto se puso de manifiesto en la improcedencia de muchos aplausos, lo que llevó al director orquestal Phillippe Entremont a llevar con frecuencia sus manos hacia atrás con las palmas abiertas solicitando silencio. En el programa figuraba la actuación del pianista alemán Sebastián Knauer con la interpretación del bellísimo Concierto de Schumann.
El artista tiene un impresionante historial que auguraba que los que asistieran a su presentación saldrían del teatro rememorando el sonido de un piano acariciado por las manos de un diestro ejecutante.
La primera mala impresión que tuvimos los que conocemos bien la emotiva obra, fue contemplar encima del instrumento aquella especie de bastón musical de los concertistas que es una partitura. Luego escuchamos un intérprete que enfrentó el primer movimiento del concierto con un ritmo lento, y muy lejos de su denominado allegro afectuoso.
Esta carencia de emotividad del pianista contrastó con los aplausos entusiastas e inoportunos de algunos asistentes. Los dos siguientes movimientos fueron realizados con la misma frialdad, y con una que otra nota falsa, lo que fue comentado posteriormente por algunos conocedores a fondo de la obra, por reiteradas audiciones de ella.
Lo sorprendente fue que al finalizar la interpretación deslucida de Knauer se produjo un aparente consenso aprobatorio por parte del público, que se volcó en aplausos estruendosos y exclamaciones de admiración que obligaron al artista a varias salidas al escenario. Han transcurrido más de tres décadas desde que mi querida amiga, la talentosa pianista dominicana Haydeé Tallaj, ida a destiempo, decidió interpretar el concierto de Schumann.
Con tal fin ensayó en su hogar la obra, y en un par de ocasiones la escuché en el allegro vivace final, con apreciable dominio. Por razones que desconozco, la consagrada profesora de piano desistió de su empresa. Pero estoy seguro de que si se produjera el milagro de su resurrección interpretaría mejor el producto de la fructífera imaginación alucinada del compositor alemán, que como lo hizo la noche del pasado día 9 el afamado y laureado Sebastián Knauer.
