Los más pequeños incidentes de la vida son atribuidos a la influencia de ánimas en pena. Según estas creencias, los difuntos suelen llevarse a los parientes o a los amigos más queridos, o vagan a su alrededor durante algún tiempo proporcionándoles molestias. Persiguen encarnizadamente a los que fueron sus adversarios en la vida. Un ataque nervioso, un acceso o una dolencia pertinaz son las manifestaciones más verídicas de un espíritu.
Sucesos que se producen a diario suelen verse alterados por situaciones que nos obligan a revisar nuestra concepción acerca del mundo “real”.
El fruto del higüero estuvo vinculado a los tainos, pues era tradicional que los huesos de los antepasados, después de desenterrados, eran colocados en un higüero como parte de un entierro secundario.
Explica José Juan Arrom: “Ateniéndonos a las flora prehispánica de las Antillas, es de pensar que fuera una vasija formada de la corteza seca y vacía de una güira (Crecentia cujete, Lin), a la que todavía se llama, con voz indígena, higüera o jigüera. En una jigüera fue, pues, donde se convirtieron en peces los huesos del hijo del Sumo Espíritu. Y fue al quebrar los cuatro gemelos aquella cósmica higüera cuando brotaron las aguas del mar y las criaturas que lo habitan”.
Fue Maquetaurie Guayaba, Señor de la Región de los Muertos, manjar exquisito de los muertos. Nuestros ausentes están recluidos de día y salen a pasearse durante la noche. Comen guayaba, hacen fiesta y se mezclan con los vivos, apareciéndose en forma de padre, madre, hermanos o parientes. Para distinguirlos, les tocamos el vientre. Si no encontramos ombligo está muerto. Si hallamos ombligo, es goeíza, está vivo. De igual manera pensaban del fruto del mamey, los taínos creían que de noche las almas de los buenos, después de morir, bajaban a las montañas en busca del fruto del mamey sagrado.
De la fruta de la jagua los indígenas preparaban una bebida que tomaban los sacerdotes y los caciques cuando tenían que pronosticar los acontecimientos que debían suceder. Así también los indígenas creían que pintándose el cuerpo totalmente con bija lograban espantar a los muertos en el combate, cuyos espíritus quedaban errabundos.
