Cuando se desató un incendio en la Catedral de Notre Dame, en Paris, los espiritistas vieron en ese fuego un mal presagio, que prontamente los franceses resolvieron con donaciones que alcanzaron 218 millones de euros en menos de una semana.
Hace casi tres semanas que el Amazonas, llamado pulmón del mundo, está siendo devastado por un fuego que alcanza proporciones apoteósicas, sin que el mundo corra a apagarlo, aunque sea enviando flotillas de aviones cargados con agua, que defiendan ese patrimonio de la humanidad de la indiferente irresponsabilidad de los actuales gobernantes del Brasil.
Alarmados con otro fuego, el de la Antártida, que es mayor que todo el territorio de Europa y está provocando un acelerado deshielo que está elevando el nivel del mar en proporciones nunca vistas (el que no sepa nadar que coja clases y quien viva a orillas del mar que se mude a una montaña), los presidentes europeos comienzan a reclamarle al gobierno de Brasil que intervenga para apagar el fuego que el mismo ha provocado con su licencia de explotación de la Amazonia, donde habitan unas trescientas etnias y millones de especies.
Desde enero de este año, ha habido 35,000 incendios en la Amazonia, provocados por la declaración de Bolsonaro de que hay que explotar esa zona protegida. Miles de hacenderos y leñadores han ensordecido el firmamento con el ruido que despiden sus sierras eléctricas y nos preguntamos: Pero ¿es que a alguien le sorprende lo que está pasando?
¿Puede la humanidad esperar que a un teniente del ejército que durante la dictadura militar fue un ferviente abogado de la tortura, de la cual reniega ahora porque “deja viva a la gente”, y que como Diputado se atrevió a felicitar al torturador de Dilma Rouseff, le importen los bosques, los ríos, el agua, los pájaros, las especies de todo tipo?
Si los seres humanos no importan, frente a la brutal avidez del capital brasilero, ha de importarle que la humanidad este hoy horrorizada por la desaparición del mayor productor de oxígeno en el mundo?
Y, siendo ya cínica, ¿vale este desastre medioambiental el juicio de un presidente popular porque lleno una solicitud, que no firmo, por un apartamento en la playa que aquí tendría cualquier empleado de clase media?
Si hemos de acreditar a los espiritistas el gobierno de Bolsonaro es un castigo para un pueblo que antepuso su falta de solidaridad con los pobres (“a expensas de la clase media”) al sentido común, y no dudo en creer las calumnias que hoy, tardíamente, el periódico O Globo reconoce como un “error”. Error costosísimo para Brasil y el mundo, del cual este país “minero” tiene mucho que aprender.

