Opinión

Arvelo y Duarte

Arvelo  y Duarte

Los padecimientos del Patricio Juan Pablo Duarte por la causa de la libertad y la independencia del pueblo dominicano no son para que ninguna persona portadora del gentilicio, los ignore. Sin embargo, a más de un siglo de su muerte, el 15 de julio de 1876 en Caracas, desconcierta que haya quienes reparen en supuestas debilidades construidas por sus encarnizados enemigos para restarle méritos y opacar sus inconmensurables aportes a la lucha independentista.

Cuando un periodista que honra la profesión por su vasta cultura como Álvaro Arvelo hijo señala las supuestas preferencias sexuales como un estigma de Duarte, antes que una ofensa, tiene que verse como un indicador de las deficiencias del modelo de enseñanza en los centros educativos, así como para que entidades como el Instituto Duartiano, que dicen velar por la memoria del patricio, reflexionen, no sin primero aceptar su mea culpa. Si historiadores liberales y conservadores no se han confabulado para idealizarlo, el gran pecado del prócer fue sacrificar su vida y los bienes de su familia para dotar este país de una bandera y un escudo.

Duarte jamás hubiera visto como una ofensa los comentarios de Arvelo hijo. Era un hombre tan integro que después de todo lo que padeció, primero las deslealtades de algunos de los integrantes de La Trinitaria, tener que esconderse y abandonar el territorio para salvar la vida y después convertirse en una de las primeras víctimas del triunfo de la independencia.

Al retornar a la nación, ratificó la nobleza de sus ideales al rechazar la Presidencia de la República que se le ofreció, para evitar divisiones y más derramamiento de sangre. Después de volver al exilio, regresó para ponerse al servicio de los restauradores, pero le dijeron que mejor se largara de nuevo porque no era bienvenido.

Que Duarte se quedara soltero no representa delito ni pecado. Tampoco que fuera un hombre más de ideas que de armas. Por los fines que se había propuesto y la integridad que caracterizó su trayectoria hasta su último día de vida, ambos elementos más bien lo enaltecen.

Pero el Instituto Duartiano, en lugar de aprovechar el espacio en que Arvelo hizo los comentarios para dar a conocer todo cuanto se sacrificó el patricio por esta tierra, lo que hizo fue apelar a los mismos métodos de que fue víctima el prócer: la persecución. Y tras el atropello que vergonzosamente la sociedad ha recibido en silencio iniciar una supuesta feria para presentar unos aros de compromiso y otras evidencias de que el prócer llegó a tener un par de novias. Una fue María Antonieta Bobadilla y la otra Prudencia Lluberes (La Nona).
Lo que sufrió Duarte por esta patria es inenarrable.

Pero, en lugar de reflexionar sobre las razones de juicios infundados, se prefiere, como en los tiempos de la Inquisición, perseguir única y exclusivamente sobre la base del poder, a quienes cuestionan facetas de su vida.

El Nacional

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