Con la pesada y prolongada deuda social acumulada que descansa sobre los hombros de la República Dominicana desde hace décadas, los que tienen la responsabilidad de accionar en ámbito político y social deben de manejarse con mucho tacto para no generar una situación inmanejable que nos conduzca a lo desconocido.
Es innegable que en el actual contexto histórico y político que vive la sociedad dominicana y el mundo en donde cada vez los niveles de desigualdad son más acentuados, la actitud de los gobernantes y gobernados debe ser de prudencia, ecuanimidad y sentido común.
Esto lo digo porque aquí no veo eso de parte de los actores y sectores que interactúan en el escenario político y social de la República Dominicana situación que hace traslucir entonces una sensación de que esto está a punto de estallar. Las demandas sociales son interminables, los reclamos no terminan, la presión social y ciudadana no dan tregua y las calles cada día que pasa se tornan más hostiles y peligrosas para los dominicanos de trabajo.
El ánimo está alterado y cada día toma más velocidad, algunos personajes están iracundos, con discurso agresivo e irracional, como si su intención final fuera llevar a este pobre pueblo a un callejón sin salida, a una zozobra permanente inmerecida.

