Sé que el solo título de esta entrega, causa dolor en muchas familias dominicanas que aún no se han recuperado de la pérdida de algún familiar en el sangriento período de los 12 años del doctor Joaquín Balaguer. Sin embargo, quienes sacamos tiempo para analizar los acontecimientos históricos, estamos en el deber de orientar a nuestros jóvenes fuera de todo rencor, pues la conciencia colectiva en las sociedades se forja con realidades objetivas y no con resentimientos.
Es menester, pues, manifestar que la única vez que mi inolvidable padre osó bofetearme, lo hizo porque acusé a Balaguer de haber ordenado el asesinato del periodista Orlando Martínez. Yo era un imberbe influenciado por valiosos jóvenes estudiantes, quienes nunca se sentaron a estudiar el proceso de la guerra fría, los avances de la geopolítica a través de los trabajos de Friedrich Ratzer, pero mucho menos, el archifamoso proceso de acumulación originaria, explicado por Carlos Marx en su obra «El Capital» y mi padre era un humilde cabo paracaidista, que comprendió perfectamente, todo lo que yo ponía en juego con esa acusación emocional y febril.
Con todas esas lagunas que teníamos, era imposible conocer a fondo el fenómeno político llamado Joaquín Antonio Balaguer Ricardo. Pocos estudiosos de la sociedad dominicana han resaltado que el doctor Balaguer fue el resultado, en ese momento, de la crisis económica que arropó el sistema capitalista en 1958 y conmocionó a América Latina, llevándose de paro al dictador colombiano Gustavo Rojas Pinilla, a Marcos Pérez Jiménez en Venezuela y aquí a Trujillo, a quien le tocaría caer de bruces el 30 de mayo de 1961, para abrir el espacio al autor de »Pedestales».
Es tarea difícil tratar de explicar, jamás justificar, en el contexto histórico en que se producen las muertes de Amín Abel Hasbún, Henry Segarra, los 5 jóvenes del club Hector J. Díaz, Amaury Germán Aristy y sus palmeros, entre tantos. Sus familiares jamás lo entenderían, como tampoco, las madres de los guardias y policías que cayeron asesinados en nuestras calles.
La historia siempre la escriben los vencedores. A mi maestro Juan Bosch, quienes una vez, irresponsablemente, le llamaron vendechinos, hoy son sus más fervientes defensores.
En el caso de Balaguer, es mucho lo que habrá que discutir sobre su figura histórica, pero, al final, todos deberemos admitir, que los años que le tocó dirigir el país del 1986 al 1996, fueron totalmente distintos a los doce años en materia de respeto a los derechos humanos. El mismo personaje, con circunstancias históricas muy distintas.
A 11 años de su partida física, está fresca la historia para sacar balance, solo que debemos hacerlo desapasionadamente, tomando en cuenta de que gravitó más de 60 años en la vida nacional y, por lo tanto, es innegable que dejó toda una obra de gobierno, sustentada en la clase media y en los pobres.
Los muertos siempre serán el lado débil del presidente Balaguer. El período de los 12 años será su sombra eterna. Les tocará a sus discípulos convencer a las nuevas generaciones de que hubo dos Balaguer: el que gobierno de 1966 a 1978 y el que ocupó el solio presidencial del 1986 a 1996.
