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BICENTENARIO DE DUARTE

BICENTENARIO DE DUARTE

Durante las celebraciones  del bicentenario de  Juan Pablo Duarte, es pertinente iluminar un aspecto de  su itinerario insuficientemente esclarecido: la insondable consonancia entre su accionar masónico y la creación de símbolos que habrían de darle señas  de identidad a  la República Dominicana. 

Los historiadores situaron a Duarte como miembro activo de la logia “Constante Unión”  donde trabajó para la edificación del templo (símbolo de la nación en ciernes) con otros miembros de la sociedad La Trinitaria.

En el discurrir espiritual  y político del patricio es innegable  la influencia que ejerce la espiritualidad masónica; hermanada con la fe católica deja su impronta en las sugerencias simbólicas  de Duarte, en su visión liberal de la  comunidad nacional   en construcción.

En la concepción masónica el simbolismo numérico es de extrema importancia, sobre todo el que atañe a los números impares, pues estos son trasformados en pares armoniosos con el espíritu creativo del hombre. El tres es el  arcano supremo, la puerta espiritual de acceso al ordenamiento y disciplina de la francmasonería. 

En la vida del masón: tres son los hermanos que indagan en la vida del candidato a recibir la luz del templo, tres son los viajes emprendidos durante  el rito iniciático con los ojos vendados, tres son los lados del delta luminoso, a veces ornado con el ojo divino, símbolo de la luz renovadora y cuyos  tres ángulos aluden a la sabiduría, la fuerza y la belleza.

Y puesto que el masón  obra en la logia para edificar el templo de la humanidad, tres son sus más eficientes instrumentos, el compás, el encuadre y la biblia abierta en el prólogo del evangelio de San Juan, donde se resalta la oposición de la luz a las tinieblas,  símbolo de Cristo redentor.

 Duarte mancomuna la cosmovisión humanista masónica y  la fe católica;  esas dos visiones del mundo  vertebraron la emancipación dominicana.

Impregnado por esta composición tríadica, Duarte organiza el círculo patriótico la Trinitaria, asentada  en   grupos de tres,   bajo el juramente del silencio y el secreto, actitudes éticas masónicas que garantizan la comunión interna y la seguridad de sus miembros.  Tres serán los conceptos formativos del lema de la emancipación nacional, Dios, Patria y Libertad.

¿De cuál libertad se trata? Ciertamente de aquella que un pueblo fragua para ejercer el derecho a su autodeterminación, como ocurrió en el 27 de febrero 1844, pero también, y ahí se cuela el influjo masónico, de la libertad de consciencia.     

Cuando el patricio medita con el también trinitario Juan Nepomuceno Ravelo sobre la impronta cromática que debe sellar la singularidad de la bandera dominicana, tiene enfrente la bandera haitiana concebida en el periodo de Petión.

La bandera del vecino país  fue  objeto de polémicas y trastoques. El emperador Dessalines impuso el  color negro con el rojo; años después Petión optó por el azul y rojo, a fin de simbolizar la  frágil unión de negros y mulatos. 

 Duarte,  quería encarar visualmente y no con denuestos las ominosas leyes  38 y 39 de la Constitución de 1816 que los haitianos impusieron prohibiendo a los blancos de ser propietarios y y plenamente ciudadanos.

Debemos recordar también que el ejército de la isla “unificada” no contaba en sus filas con ningún general blanco, y que estos habían sido excluidos con el resto de los dominicanos de los puestos ministeriales en Puerto príncipe.

Siguiendo el principio masónico de la unidad  del género humano, Duarte proclamó contra las pretensiones haitianas de separar a los hombres en función del color de la piel, “la unión de todas las razas”.

Es así  que atraviesa el rojo y azul, presentes  en la bandera haitiana, de una cruz blanca para encarnar cromáticamente esa unión que bien se avenía con el mestizaje multisecular dominicano. 

La virtud numérica del tres masónico flota así en la bandera. El color blanco alude también tanto en la tradición católica como masónica, a la pureza, la serenidad, la luz divina.

  La cruz blanca posee  un poder evocador  singular que debemos subrayar, si se quiere comprender el proceso de liberación que comenzó  en 1844, pues ante el aciago panorama de iglesias despojadas de sus ajuares y tesoros por las fuerzas de ocupación,  este símbolo  anuncia un estado nación  donde será restablecida la fe mancillada.

Simbolizó  la redención de los creyentes y de la nación.

El Nacional

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