Opinión

¡Bravo, Roberto!

¡Bravo, Roberto!

POR: Chiqui Vicioso

luisavicioso21@gmail.com

 

 

Hace unos años critiqué el parquecito que Roberto Salcedo construyó en la Lincoln y que el pueblo bautizó como “Zooberto”, por dos razones: por el lugar, en medio de dos líneas permanentes de tráfico cuyos gases hacen insalubre la permanencia en el parque y, por su inseguridad, ya que cualquier niño que se le zafe a la madre y trate de cruzar la calle muere en el intento. Sugerí entonces que por lo menos se le instalara una verja, que impidiese dicha eventualidad y se convirtiese en uno de esos tantos parquecitos cerrados que en Nueva York son manejados por la comunidad circundante.

Esas críticas se dulcificaron con mi visita al Parque de las Luces, donde me senté a observar el flujo de centenares de padres, quienes paseaban a sus asombrados niños por las iluminadas avenidas, cortesía del Ayuntamiento.

Idea primigenia de José Antonio Rodríguez, quien ya había creado uno en el Mirador, el parque fue una maravillosa alternativa para millares de padres y madres ansiosos de actividades navideñas para sus pequeños y para ellos mismos, ya que el asombro también se manifestaba en las abuelas y familias que se tomaban fotos en las nevadas callecitas de un pueblecito de ensueño que muchos solo han conocido por los programas de televisión.

Este año, con los recursos disponibles, se pudo armar un espectáculo que la prensa internacional reconoció como primicia a nivel mundial: millones de luces de colores crearon una pequeña aldea, con fuentes, nacimientos, ángeles y música, así como espectáculos y lugares de comida, también decorados como casitas de Navidad, espacios donde la industria nacional hizo gala de creatividad navideña.
No hay reparos presupuestarios cuando de la felicidad de los niños y niñas se trate y lo que vi en ese parque de luces fue la felicísima sonrisa de la niñez pobre de nuestra ciudad y del interior, porque había guaguas de Baní, San Cristóbal y hasta de Bonao, haciendo cola. Y cuando hablo de la felicidad de los niños hablo también de la de sus familias, tomándose fotos, porque ellos y ellas tampoco han tenido la oportunidad de visitar “lo paise” y mucho menos de ver la nieve, venados, duendes y elfos.

Amigos me pidieron que al escribir esta columna sugiriera que el parque se prolongue hasta la Vieja Belén, para alargar un poquito esa dosis de felicidad ciudadana tan escasa, y que en el remodelado Eugenio María de Hostos se construya un gran nacimiento, donde distintos coros canten villancicos, para que la niñez tenga varias alternativas y vuelva a iluminarse, como un árbol normal, el obelisco “macho”, tiempo en que se cambiaria su papel como símbolo de la “machocracia” a promotor de la ternura.

El Nacional

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