Visitando Júpiter: descender en el planeta más grande del sistema solar significa recorrer los casi 400 mil kilómetros que nos separan de su superficie, en un mundo que es tan grande que puede contener al resto de los planetas y aún sobraría espacio, por ejemplo, la Tierra cabría mil veces. Es un mundo 95% puro gas, cuyo diminuto núcleo es poco menor que nuestro planeta. Al ir bajando, sentiremos su densa atmósfera de hidrógeno y helio, que todo lo tiñe de ocre y azul plomo. De una vez nos estremecerá el impacto de su ambiente brutal, con más de 2,500 tormentas permanentes por todas partes, de las cuales, unas 150 son más grandes que la Tierra.
Manteniendo una distancia prudente, nos maravillaremos ante su imponente tormenta perfecta, conocida como la gran mancha roja, un megahuracán más grande que la suma de todos los huracanes de la Tierra en dos mil años, que se desplaza a más de trescientos Km por hora, dándole la vuelta al planeta cada 50 años, no tiene ojo como los huracanes terrestres, pero produce ventarrones de azufre de 25 mil Kilómetros por hora, desde hace 300 años.
El quinto planeta del sistema solar es impactado de continuo por inmensos asteroides, ya que el poder gravitacional de este mundo es tan grande que captura todo objeto que se aproxima. Eso es una bendición para los seres humanos, porque Júpiter es literalmente nuestro chaleco antibalas cósmico. En 13 meses, los telescopios han captado 3 feroces explosiones en su superficie, la prueba del impacto de 3 grandes asteroides.
En 1994, Júpiter capturó al cometa Shoemaker-Levy 9, partiéndolo en 23 fragmentos antes de estrellarse en su superficie, a razón de uno cada 40 segundos. Para Júpiter fueron pequeños pinchazos, pero para la Tierra ese rosario de piedras colosales hubiera significado el fin de la humanidad. ¡Tamaño guardaespaldas nos gastamos!.
