Si hay algo realmente sublime en Milán es la obra maestra de Leonardo da Vinci, la pintura mural «La Última Cena», que Dan Brown convirtió en tema recurrentemente popular a nivel mundial con su saga de libros sobre conspiraciones.
Sin embargo, hay partes de la obra “El Código Da Vinci” que incitan a la duda, como el hecho de que Jesucristo se casó, su esposa fue María Magdalena y que tuvieron una hija, a la que llamaría Sara.
El libro sugiere que al morir Cristo, María Magdalena huyó a Francia, fundando la orden secreta de los merovingios.
Al combinar los géneros de suspense detectivesco y esoterismo de la llamada Nueva Era, con una teoría de conspiración relativa al Santo Grial y al papel de María Magdalena en el cristianismo, la novela encendió el interés mundial por las teorías de complots, que urdidos en la sombra por poderes ocultos afectan a todo el tejido social del planeta.
Desde entonces el auge conspiracionista no ha parado de crecer. La obra encanta a muchos y es aborrecida a la vez por otros más. Leonardo plasmó La última cena, su mejor obra, la más serena y alejada del mundo temporal, que ha dado mucha agua de beber: ¿Por qué en la mesa donde está Jesús con sus doce apóstoles, no aparece el cáliz si se trata de la consagración del pan y del vino?
El punto es que «La Última Cena», ha vencido los horrores del paso del tiempo, porque lleva 143 restauraciones en 300 años buscando salvarla de la humedad y el deterioro propio de la pared en la que está pintada al fresco en el refectorio del convento dominico de Santa María delle Grazie, declarado Patrimonio de la Humanidad.

