El presidente estadounidense Barack Obama comienza con muy buen pie sus cuatro años en la Casa Blanca al ordenar la suspensión por 120 días de los juicios militares que se siguen en esa vergüenza carcelaria que es la base de Guantánamo.
Poco después de la una de la madrugada de hoy, luego de un día agotador para cumplir el programa de toma de posesión, Obama no decidió irse a la cama a descansar, sino que contuvo el ímpetu de los jueces militares famosos por sus constantes violaciones a los derechos humanos y todo lo que tenga que ver con estatutos legales.
El pretexto esgrimido por el secretario de Defensa, Robert Gates, para la suspensión de los juicios es que se desea dar al nuevo Gobierno el tiempo suficiente para revisar los procesos en marcha, algunos de los cuales podían haber terminado en penas de muerte contra los acusados.
El deseo es que esas revisiones sean todo lo minuciosas posible y, mejor todavía, que conduzcan a un cierre definitivo de la nefasta cárcel, cuyo funcionamiento basta por sí solo para desacreditar a la saliente administración de George W. Bush.
Convendría recordar que a los aproximadamente 250 acusados varios hasta con seis años recluidos sin que se les formulara acusación alguna- no se les permite designar defensores ni apelar las sentencias, entre otras muchas otras monstruosidades.
Con toda seguridad que el futuro de la cárcel de Guantánamo será tratado en la reunión que se anuncia sostendrá hoy mismo el presidente Obama con la cúpula del Pentágono, tradicionalmente el nido de halcones más poderoso de Estados Unidos, culpable de mil y una fechorías.
Obama debía aprovechar ahora el amplio respaldo que tiene en todo el mundo para hacer los cambios esenciales en donde sea, antes de que sea tarde.
Fue lo que no hizo el presidente Juan Bosch cuando llegó al poder democráticamente en 1963, y no echó a patadas la cúpula militar que le adversaba y que tanto daño había hecho al país.
La dejó y lo tumbaron. La experiencia es asimilable en cualquier parte.

