Esto estaba clarito desde el inicio. Dos años y medio de fusilamientos a nombre de los intercambios de disparos, de ametrallamientos de vehículos mandado a detener, de atracos investidos de autoridad, de extorsiones a comerciantes, de redadas indiscriminadas para hacer negocio, de torturas y golpizas, de abusos y arbitrariedades diversas.
Sangre, mucha sangre. Robo, mucho robo. Y nueva vez: delincuencia uniformada dizque combatiendo la supuesta o real delincuencia civil. Claro: solo aquella con pinta de pobreza y de negrura.
Por su parte, el presidente, los congresistas, las altas jerarquías, la USAID, el FBI, el MOSSAD, la CIA, las cúpulas eclesiásticas, las autoridades gubernamentales, comunicadores influyentes, elites empresariales, los cohollos del PLD-PRD y sus aliados, y la sociedad civil encumbrada o guardaron silencio, o asesoraron, o rindieron honores y le hicieron elogios a esas al jerarca policial, exhortándolo permanentemente al empleo de mano dura y comprometiéndose con esa forma bestial de garantizar la seguridad ciudadana.
Obvio aquí mencionar la actitud de estos señores frente a otras jefaturas comprometidas con desafueros y fechorías parecidas.
Pero llamo la atención respecto al reacomodamiento oportunistas de esos mismos autores socio-políticos, principales responsables de este estado policial criminal y del proceso de conversión del Estado dominicano en Estado delincuente y narco-Estado.
Ahora hablan de la necesidad de anular la orden de disparar contra vehículos en marcha. Hablan de reformar lo irreformable. Hablan de interpelar al jefe policial familiarmente inspirado en los doce años, educado en técnicas de carabineros de Pinochet, admirador de generales colombianos expertos en masacres, ducho en prácticas de cirugía y ejecuciones extrajudiciales.
Proponen incluso relevarlo, dado que se rebosó la copa de sangre hasta lo colectivamente intolerable; sobre todo porque los últimos hechos escandalizaron.
Porque se achicharró ese instrumento de la clase gobernante-dominante.
Entonces hay que pensar en sacarle el cuerpo. Entonces, al alto mando político y empresarial le asalta la idea de cambiar la pieza dañada para que nada cambie. De reemplazar la copa rebosada para volverla a llenar.
No importa los eficientes servicios prestados si el turpén llega a convertirse en un obstáculo para el destino manifiesto del predestinado.

