¿Puede un jurado formado por un dominicano y un cubano calibrar correctamente la calidad, categoría, implicaciones, moraleja, trama, esencia, etcétera, de una novela sobre el dictador salvadoreño Maximiliano Hernández?
Si hay capacidad en el dominicano y en el cubano lo podrían hacer acorde con la técnica novelística, con la capacidad narrativa del autor, con simbiosis literaria-desarrollista, etcétera.
Pero si ese cubano y ese dominicano no saben quién fue el general Maximiliano Hernández, el medio en el que se desarrolló, la tragedia nacional del país sometido por él, la idiosincrasia y orígenes del déspota, etcétera, no estarían en condiciones de juzgar con precisión la calidad de la novela.
Porque una cosa es el dominio de la técnica, el conocimiento profesional, de ser un story teller, el manejo del idioma, el control del desarrollo argumental, los trucos del escritor, etcétera, y otra cosa es dominar el escenario psicológico de la trama, el dominio del biografiado-novelado, el conocimiento amplio y preciso de la psicología del tirano, lo que pasó durante el período que le tocó sojuzgar a su pueblo, la psicología popular, las reacciones de lucha contra el monstruo, en fin, todo lo que se movió en torno a un bárbaro, llámese Pinochet, Musolini, Hitler, Batista, Juan Vicente Gómez, Gerardo Machado, Cipriano Castro, Alfredo Stroesner, Franco Oliveira, Marcos Pérez, Jiménez, Pol Pot, etcétera.
Pasando directamente al tema del tirano dominicano Rafael Leonidas Trujillo Molina, cuya tiranía, sin ejemplo duró casi 32 años y es, y siempre lo será, modelo de negativo de lo peor en el ejercicio del poder, hay mucha tela por donde cortar.
En primer lugar, en esta columna y en el programa radial El Gobierno de la Mañana, de la emisora Z-101, he protestado un millón de veces de que hemos estado cometiendo el error de crear una parafernalia de literatura en torno al déspota que excede toda lógica, todo sentido común, todo equilibrio, toda proporción.
Y he dicho y hoy repito, que por cada libro sobre Duarte, Sánchez, Mella, Luperón y otros patricios, aquí se han escrito 100 sobre el tirano Trujillo.
¿Cuándo fue la última vez que usted leyó un libro sobre Manolo Tavárez, Máximo Cabral, Timoteo Ogando, Juan Miguel Román, Juan Isidro Pérez, Juana Saltitopa, Ramón Cáceres, Ramón Báez, monseñor Meriño, José Núñez de Cáceres, Evangelina Rodríguez, José Reyes, Emilio Prudhomme, José María Cabral, Cayo Báez, Emilio Rodríguez Demorizi, Pedro Henríquez Ureña, Heriberto Pieter, Pedro Mir, Manuel del Cabral, María Montez.
Eduardo Brito, Rafael Sánchez Cestero, Ercilia Pepín, Frank Clemente Sánchez Betancourt, Salomé Ureña, los hermanos Henríquez y Carvajal, Mauricio Báez, Gregorio Urbano Gilbert, Mariasela Peralta, Alberto Torres de la Mota, María Trinidad Sánchez, Concepción Bona, y una lista que llega al último planeta descubierto y que está más lejos y más frío que Plutón.
Alguien podría decirme: usted es ingenuo, porque no se da cuenta que a la gente le dan lo que quiere; y quieren que le escriban sobre Trujillo, porque los malos atraen, gustan, impresionan, subyugan, dominan, despiertan curiosidad, morbosidad y hasta sadomasoquismo.
Yo respondería: eso es correcto, como pasa con Hitler, pero al pueblo hay que orientarlo, concienciarlo, educarlo, enseñarlo, hacer con él un trabajo de reingeniería intelectual, patriótica y sicológica.
Y finalmente, está fuerte ese premio de una novela de loas al tirano cuando llegamos al 30 de mayo, al 19 de junio y al 14 de junio. ¡Burla histórica!

