Señor director:
El testimonio que voy a narrar es muy oportuno en esta época de gran desarrollo científico y de pobreza espiritual:
Siendo de poca edad, en una familia de tres hermanos, me trasladaron desde San Juan de la Maguana a la capital para visitar a mi hermana, enferma de un padecimiento que le provocaba anemia con esplenomegalia (agrandamiento del bazo). Mis padres desesperados buscaron la ayuda del doctor Heriberto Pieter, quien les expuso la gravedad del padecimiento y la debilidad de la paciente. Les dijo que la única esperanza radicaba en una esplenectomía (extracción del bazo) de emergencia que viniera de las manos del doctor Alejandro Capellán. Inmediatamente se desprendió de una imagen del Cristo de Limpias que llevaba en su chaqueta y había adquirido en Europa, colocándola en el pecho de la niña convaleciente.
Esto causó asombro, pues el doctor Pieter no acostumbraba a hacer gestos de este tipo. La filantropía al servicio de la ciencia tuvo sus frutos, pues mi hermana vive hasta el día de hoy, felizmente retirada de una institución bancaria. Pero la vida es una noria que gira dirigida por la providencia divina.
A finales del siglo XX, laborando como cardiólogo en el Instituto de Oncología, me avisaron que la hija del doctor Heriberto Pieter, doña Rosa, estaba padeciendo neumonía debido a influenza tipo A, por lo cual sería trasladada de Santiago a Santo Domingo. Me condujeron doña Rosa y el doctor Wilfredo Pichardo, frente a su presencia, diciéndome:
Doctor, es la hija del doctor Pieter, haga todo lo necesario, porque esta institución se lo debe todo a su padre. Felizmente, doña Rosa Pieter, siete días después superó su enfermedad. Cuando me preguntó cuánto eran mis honorarios, tras explicarle que yo no podía cobrarle por su condición de hija del filántropo, ella insistía en pagar. Entonces le narré lo que hizo su padre por mi familia y eso la tranquilizó. Doña Rosa falleció varios años después, nonagenaria.
Rindamos en vida los honores merecidos a nuestros hombres y mujeres ilustres, pues ellos han de constituir los paradigmas. Así, no tendremos que repetir las amargas pero sabias palabras de nuestro insigne Henríquez y Carvajal: ¡Oh América infeliz, que sólo sabes de tus grandes hombres cuando ya son tus grandes muertos!. Loor a la memoria de nuestro querido filántropo, doctor Heriberto Pieter.
Atentamente,
Dr. Ramón Gautreaux
Gral. ® F.A.D.

