El Big Bang
Señor Director:
Cuando el famoso físico británico Stephen Hawking no encuentra como probar sus teorías recurre a las metáforas de la Física, y, para completar no sólo se apoya en su fama internacional, sino a subterfugios matemáticos para tratar de sostener sus hipótesis. Ese es su problema como científico.
En su metafórica «Breve historia del tiempo», como si el tiempo tuviese historia, aceptaba que en la macro Física era necesaria «una mente de Dios» para explicar el origen de las leyes del Universo. Ahora, sin embargo, para el diseño cuántico del Universo «no hace falta un Dios para la creación del Universo».
Es su decisión, pues ambas opciones son factibles en la literatura de la Física, porque ambas son indemostrables.
Hawking se canta y se baila. Como físico teórico deja mucho que desear en cuanto a su consistencia. El se afirma y se niega. Es una posición muy cómoda, pero que confunde a los iniciados, dada su innegable autoridad.
Por ejemplo, quien suscribe, como físico teórico, entiende que el Universo, aunque en continua expansión, es eterno e infinito, y el orden de sus leyes físicas supone un ordenador, así como no puede haber reloj sin relojero, no importa como le llamen.
Niego también el famoso «Big Bang», pues este hecho cuestiona la ley sagrada de la Física: La Ley de la Conservación de la Energía. Por ejemplo, ¿quién creó la energía acumulada que originó esa gran explosión? Es evidente que en el Universo han habido muchas explosiones, pero algunos físicos solamente hablan de ésta, porque la ciencia no tiene capacidad para explicar el origen del Universo.
Señor Director, como se puede apreciar la Física tiene sus metáforas, su metafísica, sus altares y sus sacerdotes para poder explicar aquello que no puede explicar en el laboratorio. Porque el laboratorio de la Astrofísica es el Universo y el laboratorio de la Física cuántica es lo infinitamente pequeño. Y una mente finita por genial que sea no puede explicar lo creado por una mente infinita. De ahí la impotencia de algunos científicos que no tienen la humildad para reconocer sus limitaciones.
Atentamente,
Isidro Rodríguez Espejo

