La Constitución
Señor director:
Desde el inicio de nuestra vida republicana, con el manifiesto del 16 de enero del año de 1844 y luego con la Constitución del 6 de noviembre de ese mismo año, que hasta el 26 de enero del 2010 lleva 38 enmiendas o revisiones, ha devenido, como diría el abogado y político alemán Ferdinand Lassalle, en un pedazo de papel, porque muy pocos hombres o mujeres han estado dispuestos a defenderla y a hacer efectiva su plena aplicación.
La mayoría de los hombres públicos, liberales o conservadores, han fracasado en instaurar el orden institucional. Como decía Ulises Francisco Espaillat, su ansia no era ni es la de justicia, más bien la sed de oro o la silla de alfileres de la que hablaba Balaguer.
Cuando un gobierno ha querido corregir los males públicos, los malos dominicanos se han sublevado; y para muestra basta recordar a Gregorio Luperón por allá por los años de 1876.
Cuando analizamos la Constitución, podemos colegir que ésta ha garantizado una relativa paz social y un Estado de derecho, no así un efectivo ejercicio de soberanía popular y de separación e independencia de los poderes. Al decir del maestro Wenceslao Vega Boyrie en su Historia del derecho dominicano, la idea de constitucionalidad estaba ya bien arraigada en el país desde la tercera Constitución o revisión del 25 de diciembre del año 1854, porque a ningún presidente se le ocurrió gobernar sin una Constitución, pero en ese mismo instante violaban sus preceptos o forzaban al Congreso a dictar medidas excepcionales para legalizar o legitimar sus barbaridades.
Como se colige, la primera de las leyes, la Constitución, haya sido liberal o conservadora, su orden ha sido roto por múltiples circunstancias, máxime por la intriga política.
Hoy, cuando, con la Constitución promulgada en enero del año 2010, experimentamos un nuevo esquema constitucional, inspirado en las más excelsas doctrinas constitucionalistas del mundo y por diversas metodologías adaptada a la idiosincrasia de los dominicanos, albergamos la esperanza, como es el deseo del Ejecutivo, de que ésta cure al país de todos sus males y también de sus viejas preocupaciones.
Tan solo rogamos al Altísimo que sus interpretaciones no lleguen a corromperla ni su su aplicación la mate.
Atentamente,
Talleyrand Murat González
Santo Domingo
