Opinión

Cartas de los lectores

Cartas de los lectores

Desborde de la violencia

Señor director:
La violencia desborda a la sociedad dominicana. Casi la está poniendo de rodillas. No hay solución a la mano. La ciudadanía se siente atemorizada. Ha llegado la hora de las plegarias y esperar que uno no sea protagonista del próximo hecho de sangre.

La sociedad con las manos atadas juega a la ruleta rusa. Sale a las calles y no sabe si podrá regresar. Es una espiral donde cuando menos lo espera le toca el número agraciado. Puede ser para botín de un sicario, o por el robo de un simple celular.
Lejos se está de las medidas comunitarias que podrían ir a atajar a la violencia descarnada. El hambre campea en barrios y campos. La marginalidad agarra a los humildes por las piernas para que no abandonen el círculo de la exclusión. La riqueza sigue floreciendo, pero en pocas manos.

Los efectos de la sangre tienen efectos múltiples. Todos tienen que ser atacados al mismo tiempo. Es la dermis del conglomerado que está enferma, y tiene que ser limpiada, raspada, por un fino bisturí. Es hora de levantar la moral ciudadana y cada quien hacer frente a este vendaval con los recursos que tenga en sus manos.

Esta violencia parte de búsqueda económica. Atrás quedó, pero hace muchos años, la violencia que era dirigida por razones políticas y en la búsqueda de cambios sociales. Parece que en el país las ideologías tocaron el fondo y desaparecieron. No hay violencia revolucionaria, ni acción decidida para salvar al mundo. Eso se decía en la década perdida. La juventud que salió al camino y perdió el rumbo.

Por desgracia hoy todos los sectores de la sociedad sufren los efectos colaterales de la violencia. Unos como víctimas y los otros como victimarios. La principal información de los diarios tiene que ver con la sangre. Es la gran vendedora de periódicos, y la creadora del morbo en la televisión.

El crimen puede ser derrocado. Es necesario vencer al derramamiento de sangre inútil. La sociedad tiene que unirse, y las autoridades corregir los desafueros. Aunque parezca duro, las fuerzas vivas ya están arrodilladas por el temor a la delincuencia. Eso no puede pasar en un país civilizado.

Pero no se puede ir a los extremos. El plomo no acaba la delincuencia. Con el tiro certero se acaba con un ladrón, un sicario o un mini-vendedor de drogas, pero hay otro listo a ocupar su puesto, cuando todavía en el sitio del enfrentamiento la sangre está fresca. La acción violenta tiene que ser respaldada con las acciones sociales.

Atentamente,

Manuel Hernández Villeta

El Nacional

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