Casandra 27
Señor director:
Poco o nada se puede esperar en un país con un 62% de analfabetos en la población de más de 15 años, esto es al momento de articular tan abrumadora estadística con la educación que al día de hoy «brilla por su ausencia».
Ni hablar de la cultura, que tampoco hemos podido notificar a la luz del conjunto de valores creado por la humanidad, todo lo cual aumenta la frustración en el sentimiento de quienes anhelan la eliminación de los borrones que atrasan al país.
Y ni modo que, al tocar nuestra particular condición de nación en alegada condición de avance, arribamos a los Premios Casandra instituidos para estimular el arte popular.
Pienso, por ejemplo, que si los Premios Casandra solo fueron instaurados para hacer culto computarizado al 62% de los dominicanos enmarcados en esta infeliz estadística, terminaríamos atrapados en la densa oscuridad de las cavernas.
¿Que hacer? Para comenzar, aplaudir fervorosamente el esfuerzo de Acroarte y de los mecenas del arte, que, ciertamente merecen el reconocimiento del 100% de los dominicanos en capacidad de agradecer.
A partir de esta última observación, tal vez valga la pena entender que el citado espectáculo necesita una lluvia de dicción, de auténtico histrionismo, versatilidad y virtudes, para colocamos simétrica y armónicamente frente a la comunidad internacional. Desde luego, 26 años de sudorosos esfuerzos han servido para aprender y avanzar, e incluso para sentir el orgullo de saber que se trata de un espectáculo esplendente y magnético, sugerente y agradable.
Bella la música de gente que sabe tocar, y flojo el discurso de otros que saben cantar, pero no saben hablar y, así, por ese degradante derrotero, se castiga la trayectoria clásica del arte como tal y es indolentemente exaltado el ruido efímero de la composición, voluble e informal.
Empero, para enaltecer el refrescante recuerdo de La Soberana y ajustar el costumbrismo a los nuevos elementos del pentagrama universal, valdría la pena trabajar más y mejorar de cara al Casandra 27.
Casandra Damirón, dulce y decorosa como era, habría deseado reducir la suspicacia de la muchedumbre y aumentar la justicia de la comprensión y el amor frente al escrutinio generado en las pasiones que, entre profesionales y profanos, debemos superar.
Atentamente,
Lic. Cristóbal Deschamps
Santo Domingo

