Gracias, Raúl
Señor director:
Si me fuera dable encontrarme de nuevo con Raúl Castro en Belén frente a aquel bebedero de agua fría a donde Fidel me llamó para que te conociera a ti acabado de llegar al colegio en 1944, le tenderia mi mano para decirle: Gracias, Raúl.
Gracias por haber llegado a un acuerdo con el Príncipe de la Iglesia Católica en Cuba, cardenal Jaime Ortega y con el Vaticano para la liberacion de los presos políticos del régimen. Yo, que no le he sacado el guante de la cara a la revolución cubana, te doy hoy las gracias porque, ademas, incidentalmente reconociste que hay presos politicos en Cuba.
No hay querella ni resquemores contra la Iglesia Católica ni ha podido defraudar razonablemente a nadie, porque, en su función de Estado Vaticano, ha llegado a un acuerdo de mutua conveniencia con el Estado cubano.
A ti, Raúl, te convino la secular elevada diplomacia del Vaticano, porque saliste con bien del atolladero en que te habían metido Europa y Estados Unidos, que sigue siendo el país mas poderoso del mundo.
Todavía no te he agradecido formalmente que cuando, en 2003, el ingeniero Jesús Pérez Othon, Ministro entonces de Industria Ligera y mi querido ex alumno, te solicitó tu anuencia para que yo visitara el recinto militar de lo que fuera nuestro querido Colegio de Belén, repondiste: Para Dorta-Duque, todo.
Raúl, desde que iniciaste tu gestión sugeriste que ibas a iniciar cambios. Estuve de acuerdo, pero no hice manifestación alguna porque tu hermano Fidel, mi compañero solidario del internado, me tenia desde 1959 acostumbrado a decir una cosa y hacer otra.
Cuando visité Cuba en la referida ocasión los agasajos del gobierno por manos de Perez Othon me colmaron de alegría.
Pero cada noche, cuando la reflexión me enfrentaba conmigo, me avergonzaba de disfrutar tanto de mi Cuba cuando veía a un pueblo triste. Es el recuerdo pesaroso que me queda de mi Habana antes alegre, bulliciosa, dicharachera y musical. Me parecía que el pueblo entero es un gran preso politico. Y un nuevo reto para el Vaticano.
Es que, Raul, la libertad es la sangre de la alegría. Luchar por una propiedad, prolongación de tu propia persona y disfrutarla, alegra el alma. La dependencia del Estado, como robots, denigra y entristece al hombre mas que depender de un patrono en una empresa.
Atentamente,
Lic. Francisco Dorta-Duque,
Santo Domingo

