Opinión

Cartas de los lectores

Cartas de los lectores

Fraudes hoy

Señor director:

Bajo el minucioso y reflexivo análisis derivado de las recientes elecciones podemos llenarnos de júbilo, pregonar con tambores y trompetas la fabulosa noticia de que superamos los fraudes electorales.

Sí, todas esas situaciones difíciles a las que el doctor Joaquín Balaguer nos tenía acostumbrados (apagones en la Junta, más votos que votantes, etc.) ya no pasan. Lo que necesariamente significa que sí aprendemos de nuestros errores. No es endémico el asunto de que somos marrulleros.

Pero  en la misma reflexión llegamos a otra ineludible conclusión. Sustituimos el fraude por la compra de conciencias. Comprar conciencias no es más que darle dinero a una persona para inducir su voto. Lamentablemente, hemos desarrollado estrategias en base a este tipo de malas acciones. Esta práctica da como resultado gobiernos tan ilegítimos como aquel proveniente del fraude del que hablamos a principio de este artículo.

Empleamos toda la tecnología disponible para suprimir los fraudes, sin embargo, el problema que se nos presenta ahora es mayor, porque no se resuelve con un sistema computarizado, o un escáner, o un boletín dos horas después de cerradas las votaciones. Es un problema de consciencia, de convencer al ciudadano de que posterior a votar por ese que le está “pagando” por su voto tendrá  que devolver mucho más de lo que le dieron. Para superar este problema hace falta educación, conciencia ciudadana.

Otro factor imprescindible para evitar este tipo de situaciones se reduce en algo que hemos escuchado mucho: “institucionalidad”, una palabrita relativamente abstracta que no todo el mundo entiende, pero que podemos definir (tratando de ser simplistas) en: el respeto colectivo a un grupo de reglas establecidas y sus mecanismos de ejecución. En buen dominicano, respetar las normas del juego.

Digo imprescindible porque si contáramos con institucionalidad, el organismo regulador electoral pudiera prohibir este tipo de malas prácticas, en vez de comportarse como una dependencia de una de las partes interesadas como recién acabamos de notar.

Nuestra única esperanza es invertir y ejecutar un plan de educación y comenzar a fortalecer nuestras instituciones, respetando nuestras leyes, pero para eso necesitamos aquello que para mí es sinónimo de perfección: equilibrio.

Atentamente,

Anatoli Peralta

Santo Domingo

El Nacional

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