Evitar un daño
Señor director
Hay una expresión de uso muy común que opera sobre la base de que los padres y las madres quieren lo mejor para sus hijas e hijos. Esta frase de arraigo popular no puede ser generalizada, es más un ideal susceptible de emular.
La observación, el estudio y la convivencia en el proceso de interacción familiar, han transparentado situaciones donde muchos hijos e hijas resultan con gravísimos daños (físicos, emocionales, sicológicos, sexuales y relacionales) ocasionados por sus madres o por sus padres, ya sea deliberadamente, por inobservancia de sus deberes, o por cualquier razón esgrimida, lo cual hace evidente la falta de responsabilidad.
Son de esta competencia los perjuicios resultantes de de los actos delincuenciales en que incurren las personas adultas.
Es a través de los medios de comunicación televisivo, escrito, radial, y el Internet donde, a la vista de todo el mundo, son presentados los rostros, y descritos los hechos imputados a estas personas que en su delinquir afectan su núcleo familiar y el entorno. En cualquier caso, es normal que todo lo que altere la armonía en el hogar, sea asimilado por jóvenes, adolescentes, niñas y niños. No hay forma de esconder ese malestar.
Algunos centros educativos expulsan de sus aulas a estudiantes que están pasando por ese infortunio. Muchas veces dicen atender a presiones provenientes de la comunidad educativa, o alegan la existencia de una filosofía, la cual si es que existe, es más bien un proceder descarnado e inhumano.
Este es grave problema familiar y social susceptible de ser encarado en la valoración de sus desencadenantes esenciales: depresión, melancolía, traumas generalizados, secuelas interminables que inciden en su mundo de relación interpersonal e intrapersonal. Cabe preguntarse, en los casos en que la madre o el padre están confinados en la cárcel, ¿cómo ha afectado o afectará en el futuro el modo de relacionamiento familiar, el respeto, la confianza como fuerza moral para al ejercicio de autoridad familiar en el mejor de los sentidos?
Esta es una realidad humana y social a la que se debe poner mayor atención si es que se le está poniendo alguna. Nos preguntamos si las y los profesionales de la conducta podrían con sus estrategias habituales borrar estos traumas.
Atentamente,
Melania Emeterio Rondón
Santiago

