Montero
Señor director:
El pasado viernes, en la tarde, en el programa de Huchi Lora, escuché a Altagracia Salazar dar la infausta noticia, de la muerte del comunicador José Miguel Montero y me resistía a creerlo. Esto me dejó en shock. Montero vivió muchos años en Villa María, barrio donde vivo desde que nací, y por eso coincidíamos con frecuencia. Su don de gente, su amabilidad y receptividad, eran fuera de series, lo mismo digo de su esposa.
Es bueno destacar que era buen servidor, solidario y humilde (cualidades que enaltecen el alma) y puedo dar testimonio. Cuando no tenía computadora, me llevaba las cartas al periódico. Cuantas veces pasaba por la escuela donde yo laboraba, entraba a saludarme. Un día me dijo, riéndose, que me estaba cuidando para que no te saque el funcionario medio de Educación, que se cree dueño de esto. Cuando escribí respecto a los niños violados en un albergue católico en Higüey, aludí a una congregación que no era y casi me fríen en alquitrán, pues parece ser mi yerro era más relevante que las violaciones a esos niños indefensos y pobres.
Me visitó y me brindó su apoyo, y mucho se lo agradecí. Me recomendó abandonar la idea de dejar de escribir, para que no complaciera a quienes quieren silenciar a los pocos que denunciamos las bellaquerías. Seguí escribiendo gracias a él y al director del periódico.
José Miguel Montero era un gran ser humano, por eso no me extrañó ver a tantas gentes tristes, en Patología Forense, en la funeraria (estuve presente) y en el cementerio. Las lágrimas eran a raudales.
A pesar de que la muerte va de todos modos, muchísimo duele la de José Miguel Montero, porque, según dicen, su muerte repentina y a destiempo fue por descuido, y no merecía ese final tan bárbaro, porque era un hombre bueno, amante de su familia, buen amigo, buen compañero de trabajo, honesto y trabajador incansable, siempre apegado a la ética.
Mi más sentido pésame a sus familiares, e incluyo a su familia de El Nacional, pues una vez más tendrán que acostumbrarse a no ver a otro compañero de labor, que está en el más allá. Que descanse en la paz del Señor.
Atentamente,
Lic. Teresa Gómez
Santo Domingo

