Cuando me inicié formalmente en la escuela pública, papá había tomado la previsión de que me alfabetizaran antes, recibiendo clases particulares en una escuelita que tenía un solo maestro: don José Díaz, quien, con viejos espejuelos correctores, el pelo como copo de algodón, encorvado y en su delgadez, era conocido y temido en la escuelita por su extrema rectitud.
En ese afán por mi educación, a prima noche papá tomaba el periódico El Caribe y me pedía que identificara vocales y consonantes; lo hacía para ver si yo aprendía en la escuelita de don José. Esa práctica me asoció al diario, donde trataba de leer al menos los titulares. De paso, en mi ingenuidad, recortaba de las ediciones viejas las fotos de Trujillo, y las coleccionaba.
Ya para la época, coleccionaba, además, las postalitas de peloteros de Grandes Ligas, del béisbol invernal dominicano, sellos de correos e historietas (paquitos, pipás, muñequitos, como se les conocían).
Papá, que era antitrujillista (condición que desconocía en lo absoluto), se mostraba en apariencia indiferente a lo que yo hacía con las tijeras y las fotos de Trujillo.
Transcurría el 1956, vivíamos en San Juan de la Maguana, frente a la fortaleza, y altos oficiales y calieses visitaban a papá, atraídos por los gallos de pelea que tenía en el fondo del patio.
Un día, para mi sorpresa, lo encuentro quemando lo que quedaba de El Caribe, luego de yo darle tijeras por todas partes. (Por el culto a la personalidad y a la megalomanía de Trujillo, sus fotos aparecían en el anverso y reverso de muchas hojas del diario).
Después me enteré, que papá quemaba lo que quedaba de El Caribe, porque cuando yo cortaba las fotos, en el reverso de la hoja y con frecuencia, cercenaba la cabeza del Jefe

