La ingenuidad es una de las grandes debilidades exhibidas en la actividad política. Su presencia en la subjetividad de los líderes le ha llevado siempre al despeñadero.
La incursión política abierta y desafiante de los descendientes del ajusticiado dictador Rafael Leonidas Trujillo en el escenario nacional, no debe ser subestimada.
Su presencia en la actividad económica, social y política busca ganar mayor relevancia en los estamentos de un poder que se sustenta en el neotrujillismo y neobalaguerismo.
Por lo visto, a casi medio siglo de la caída de Trujillo, ya están cansados de que otros les representen.
Los que creen que hacen un ejercicio democrático abriéndoles el espacio, se sitúan de espalda a lo dicho por Nicolás Avellaneda: Los pueblos que olvidan su historia están condenados a repetirla.
Un buen ejemplo lo es Joaquín Balaguer, quien ocupaba la presidencia al momento de la caída de Trujillo.
Luego de saltar la verja de su vivienda y prodigarse el manto de la Nunciatura Apostólica en 1962, pasó a un exilio dorado y retornó a la Presidencia en 1966 de la mano del imperio.
Ese muñequito de papel fue la pieza del Departamento de Estado para sortear el valladar post Revolución de Abril de 1965 y encabezar un gobierno despótico de 12 años.
El Cortesano de la Era de Trujillo, por ser subestimado retornó a la Presidencia en 1986 por 10 años más.
Una sociedad en crisis, con pseudos líderes políticos corrompidos, puede presentar en el futuro un vacío de poder y recular al régimen anterior.
Es posible que los herederos de genes y riqueza de Trujillo anden acompañados; se sospecha que el titiritero tío Sam mueve sus hilos.
Después de todo, Roosevelt habría dicho de Tacho Somoza: Puede que sea un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta».

